miércoles, 28 de septiembre de 2016

119. Conexiones II

La viajera empezó a abrir los ojos. 

La voz de su madre y entrenadora sonaba lejana, pero no podía saber la razón. 

La luz, aunque era tenue, le molestó tanto que tardó un momento en afinar la vista. 

Cuando logró ver, se dio cuenta de que, quien estaba a su lado, era la persona que acompañaba a la mujer de la imagen; supuso que sería la madre. Entonces supo que lo que estaba experimentando era estar en la piel de la mujer de su visión. 

Se trataba de un cuerpo agotado, aunque guardaba una gran fortaleza. 

Volvió a cerrar los ojos pues tenía que comenzar con su labor que era imaginar a la mujer por dentro. 

Empezó por las células de su estructura ósea, desde el calcáneo hasta el cráneo. Luego siguió con las células de cada sistema y terminó con las de la piel. Aquel fue un proceso largo, lento, pero en el camino fue descubriendo algunos puntos que necesitaban ser reparados desde el amor. 

La viajera, en su mochila que guardaba en el armario, siempre llevaba todo su instrumental de precisión quirúrgica para casos especiales de sanación desde el imaginario. 

Dicho así, podría pensarse que cargaba con un estuche o con una caja de herramientas. No era tal cosa. 

Se trataba de unas gafas de realidad virtual, una especie de imán y unos frascos de gel que contenían millones de nano robots capaces de reparar las células una a una, o eliminar las que no podían recuperarse. 

Con las gafas supervisaba el trabajo de los nano robots. Con la especie de imán los recuperaba de entre los fluidos segregados y los introducía en un gel especial que contenía extracto amoroso con el que los alimentaba para que recuperaran su energía. 

Aquel era un trabajo minucioso y pausado, pero no imposible.

No hay comentarios:

Publicar un comentario