«La tortuga, la gran creadora de todos los universos conocidos y por conocer, recorría tranquilamente el sendero que iba imaginando conforme daba cada paso. Majestuosa, imponente y extremadamente lenta, así era Casiop... Tragaleg... (Así era la diosa tortuga universal... "¿Diotortuni?"). Ella pensaba en que era prioritario crear seres que fuesen mágicos para que inventaran un mecanismo por el cual ella podría moverse... Ella pensaba en que debía andar menos y levitar más (sí, eso era lo que pensaba) pero...»
La pequeña hermana hada dejó de leer en voz alta porque unas risitas empezaron a sonar fuera del armario, que era donde se había metido para escribir. Secó la tinta de su pluma, la colocó dentro de su diario a modo de marcador y guardó todo bajo el cojín en el que estaba sentada. Entonces abrió las puertas de golpe, con todas sus fuerzas. Quería pillar infragantis a quienes se estaban atreviendo a espiarla.
Lo que no esperaba era encontrarse a dos elfos y a un gnomo, los tres pequeños, tirados en el suelo con un millón de pajarillos sobrevolando en círculo sus cabezas.
Bueno, lo de los pajarillos fue una licencia de su imaginación que la llevó a atacarse de risa justo durante un minuto antes de atacarse de los nervios por verlos tendidos e inconscientes.
Aquella situación podría ser el primer gran problema que enfrentaría su diosa tortuga:
Esos mocosos serían humanos pretenciosos, sí, de esos que suelen burlarse de los proyectos ajenos porque creen que los propios son únicos y maravillosos...
Al tiempo que pensaba en todo esto, una de sus hermanas mayores entró en la habitación y observó la escena:
Los dos elfos y el gnomo estaban tirados en el suelo con chinchones en la frente, como si estuviesen sufriendo algún tipo de metamorfosis para convertirse en unicornios. Sentada al lado, la pequeña de las hermanas hadas, eufórica, tomaba notas en su diario a toda prisa. La reina de las hermanas hadas les organizó, siglos atrás, una muestra de cine humano. En ese momento su pequeña hermana parecía uno de esos científicos chiflados que hacían experimentos estrafalarios en esas películas. Eso fue exactamente lo que pensó y acto seguido se le ocurrió una idea: tenía que pintar esa misma imagen. Sería la primera de una serie con las que haría un cuento. Sí, sí, eso iba a hacer. Y acto seguido, salió corriendo a buscar su libreta de garabatos.
Y así iban, cada una de las hermanas hadas con su propio cuento... Mientras que los de la cornamenta de pueriles unicornios durmieron su travesura sin mayor consecuencia que la risa de los demás, cuando aparecieron con las pruebas en sus frentes de haber estado metidos en alguna travesura de las suyas.
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