La niña tenía tres palitos en una mano y en la otra sostenía unas maracas. Lo más bonito de aquellas maracas era su carácter versátil. Solían amoldarse a la mano de quien las cogía, a su forma de sacudirlas, a la fuerza con que lo hacía y siempre, o casi siempre, su sonido ocasionaba el mismo efecto: despertaba sus ganas de moverse siguiendo el ritmo.
Y ahí estaba la niña, con tres palitos en una mano y en la otra con esas maracas que la estaban haciendo bailar. La pequeña miró el armario de los instrumentos que estaba en una esquina del salón, observó sus manos llenas y se giró para ver a su madre que la esperaba sentada en la mesa para ayudarla con sus manualidades. Colocó los tres palitos en el sofá y empezó a tocar un ritmo alegre con las maracas.
Sin que los viera, los palitos se pusieron en pie, formaron un corro y cantaron al compás. En su canción decían que no querían vivir pegados a un cofre que olvidarían en algún rincón. Ellos querían ser simples palitos de madera, felices y libres para mover su endurecida estructura al son de esas o de otras maracas marchosas.
La madre llamó a la niña, le dijo que se diera prisa y ella corrió hasta el armario y guardó los instrumentos. Cuando fue al sofá a recoger sus palitos, ellos habían desaparecido. Dejaron una nota que ponía: «Tu canción libera el alma de los seres más inanimados, no dejes de tocarla. Firmado: los tres palitos.»
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