El ermitaño repetía para si, cual si fuera un cántico o un mantra de poder, dos palabras que, al decirlas reiteradamente, parecían una. Adquirió esa costumbre cuando su maestro, un sabio y calvo peregrino, le dijo que para lograr el propósito de su retiro, lo primero que debería lograr era ciencia de la paz.
En su habitáculo, tan rústico como básico, tenía un camastro, una mesa, una silla, una estufa que también usaba para cocinar y un armario en el que guardaba todo: la manta para las noches más frías, unas velas, los frutos que recolectaba, una cacerola, un jarrón, una palangana, un jabón, su libro de estudios alquímicos, sus anotaciones, pluma y la tinta que fabricaba usando bayas. Todo eso era lo único que necesitaba para comprender y describir el proceso de la transmutación, el modo en el que los deseos atravesaban el éter y encontraban su correspondencia física en el mundo material.
Llevaba años realizando aquella labor y cada vez que sentía que estaba a punto de lograr su cometido, algo fallaba y tenía que volver a empezar. Se fijaba en sus anotaciones, cambiaba todo lo que analizaba que era conveniente modificar y comenzaba un nuevo experimento. Lo único que no variaba era la repetición de su mantra.
Una buena mañana, en la que empezó su rutina algo tarde porque el viento no le había dejado dormir bien, estando todavía somnoliento, repitió en voz alta sus palabras y lo hizo lentamente.
La respuesta a todas sus preguntas llegó como un rayo que iluminó su rostro.
No la encontró en las fórmulas, en la variación de las cantidades o de las condiciones de las experiencias sino en lo que había estado repitiendo durante todos esos años.
Aquel estado inmaterial era lo que explicaba la naturalidad con la que un deseo encontraba su correspondiente en el mundo físico.
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