«...El respeto se lo ganaría luchando. No el de los demás, el propio.
—No entiendo otro modo de afrontar la vida —gruñó Vania, al tiempo que metió una última flecha en su carcaj.
Besó con ternura a su niña y a su niño, pero no pudo hacer lo mismo con su madre.
La anciana no se lo permitió. La miró con fiereza y sin decir una palabra le entregó su hacha de guerra. Eso fue todo.
La amazona colgó el hacha al cinto con el que se ataría a la montura durante la batalla. Colocó su carcaj y su arco entre su pecho y su espalda.
Mientras descendía del árbol en el que estaba su choza, pensó en la reticencia de su madre. Ella misma le enseñó a luchar y jamás le había impedido cumplir con su deber como guerrera, eso habría sido un deshonor.
Intuyó que existía algo más en la actitud de su madre, algo que no lograba descifrar.
Derk, el centauro de pelaje azabache y piel bronceada, la estaba esperando justo debajo de la liana por lo que sólo tuvo que sentarse y atarse a la montura.
Su compañero y amigo llevaba puesto el casco que el mismo remató con un buen puñado de cerdas de su cola, en un brazo cargaba su escudo y la espada la llevaba enfundada al dorso.
Estaban listos para unirse a los demás.
Mientras se alejaban, Vania sintió en su nuca la mirada de sus hijos y la de su madre, pero no se giró para verlos.»
—¿Qué más?
—¡Sí! ¿Qué más?
Los pequeños elfos, como nunca, permanecían con los ojos como platos. Estaban atentos al relato y no mostraban ni una pizca de sueño.
—Mañana seguiremos con la historia, ahora debéis intentar dormir, que es tarde. —La reina de las hermanas hadas cerró el libro de cuentos y lo guardó en el armario de la habitación.
—¿Mañana? —dijo el más pequeño— Cuéntanos más, por favor.
—Haremos una cosa. Que cada uno de vosotros imagine lo que seguirá en la historia y mañana me lo contáis antes de seguir con la lectura. Pero tendréis que hacerlo usando cien palabras ¿Qué os parece? ¿Podréis hacerlo?
Los pequeños no estaban muy convencidos, aun así accedieron. Siempre aceptaban los retos, aunque casi nunca se daban cuenta. En cuanto la vela se apagó y la puerta se cerró, ellos empezaron a imaginar a la amazona y al centauro... Y no tardaron en quedarse dormidos.
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