El despistado duende corría calle abajo.
Estaba desesperado por encontrar la casa de cuyo armario salió por error.
Estaba jugando a las escondidas con las hadas, elfos y demás habitantes del reino. Por eso se metió al árbol hueco de los trucos traviesos.
Pero en lugar de aparecer tras alguna puerta del castillo, fue a dar a una habitación del mundo en el que se sueña. Como todo estaba oscuro, tanteó el lugar hasta que se vio en la calle.
Una vez fuera, los perros del vecindario le persiguieron. No tuvo más alternativa que correr cuesta arriba hasta que llegó a un parque y a un árbol. Subió hasta la rama más alta. Allí esperó a que cayera la noche.
La imponente luna iluminó la calle como si estuviera amaneciendo y él despertó de su letargo.
El despistado duende corría calle abajo mientras los perros perseguían su olor a miedo.
Estaba a punto de darse por vencido cuando una pequeña luz le guio por una vereda, un jardín, unas escaleras, una portezuela para mascotas, una escalera, una habitación y un armario en el que se metió sin pensárselo dos veces.
Al salir del árbol hueco de los trucos traviesos, la tez verduzca del despistado duende ¡estaba más colorada que un tomate pintón!
Todos en el reino feérico lo estaban esperando y estallaron en carcajadas en cuanto le vieron aparecer...
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