«─Traza una línea. Llámala 'horizonte'. Si eres imaginativa, tal y como me han dicho que eres, tendrás resuelto el resto del espacio en blanco. Como he dicho, sólo tienes que empezar por prolongar un punto.
La maestra sacó un folio del armario y lo puso sobre el pupitre de la muchacha. Luego acercó su silla y la colocó delante.
La muchacha estaba contrariada. Aun así, cogió el lápiz y esbozó algo en el centro del papel. No era muy grande, si acaso medía medio centímetro. Tampoco era una línea, más bien parecía un bigote diminuto.
Entre ofuscada y desafiante, giró la hoja, dejó el lápiz encima, se cruzó de brazos y prácticamente se desparramó en la silla.
─Muy bien. Veo que acabas de dibujar una ciudad en miniatura que se ve a lo lejos. Puede que esos picos sean rascacielos. Una metrópoli muy moderna, me gusta. Sigue trabajando, empezaste muy bien...»
Cada vez que la pintora se enfrentaba a un nuevo lienzo recordaba aquella escena.
El espacio en blanco le provocaba vértigo y unas ganas locas de salir corriendo.
Pero aquella imagen del pasado le devolvía la tranquilidad, la confianza de saber que todo empezaba por un punto. Que lo demás consistía en tener un poquito de empeño.
Por medio de su arte era capaz de transformar sus frustraciones en equilibrio, de acercarse al desconcertante mundo que la rodeaba, de sobrevivir a sus injusticias y de hacer algo por aliviar el sufrimiento de otros.
Así es que cada lienzo en blanco le traía el lejano recuerdo del momento en el que su maestra le salvó la vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario