Suenan las campanas.
El atolondrado imitador del tiempo ha empezado a correr contra el viento.
Las nubes se abren cual plumas sacudidas por una gallina y una nave ahuevada desciende desde las alturas.
El ruiseñor, que no entiende de nimiedades, te mira fijamente: 'ha llegado el momento de ayudar', esa es su sentencia.
La nave se abre y, sin inmutarte, subes en ella.
Por dentro parece un armario transparente y puedes verlo todo.
Tus pies parecen flotar conforme te vas elevando pero no sientes vértigo.
Agradeces que el ruiseñor vuele junto a la nave, y aunque te olvidas de su presencia, sigues recordando aquello que te transmitió.
Pensándolo bien, te parece un poco extraño porque nunca dejaste de echar una mano a quien le hiciera falta.
Ibas a pensar en algo más a lo que podía haberse referido pero en ese momento volvió a sonar tu despertador...
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