viernes, 16 de septiembre de 2016

107. Discusiones imaginarias

Observar la reacción de su madre, la abuela, fue como presenciar una explosión de destellos, de rayos multicolores. 

La verdad era que la silueta de su hija en aquella foto y vista desde lejos, hacía pensar en que la niña de sus ojos estaba haciendo toples. 

Ella, la madre, al ver las tonalidades tornasoladas que el rostro de su propia madre, la abuela, fue adquiriendo al entrar en el salón comedor, la llevó a creer que estaba sufriendo algún tipo de malestar estomacal vísceral producido por el enfado. 

No imaginó que la abuela pudiera reaccionar así por esa foto. De haberlo previsto, esa misma mañana no la habría puesto dentro del armario de vitrina. 

La ayudó a sentarse y fue, presurosa, a buscar un vaso con agua. 

Pero determinó como válida que esa era la causa cuando, de vuelta con el agua, la encontró con el marco en la mano, las gafas en la punta de la nariz y su rostro pegado al cristal.

—Nuestra chiquilla sale preciosa ¿no crees? 

La madre, que conocía un poco a su propia madre, decidió chincharla un poco. 

Los destellos en su mirada volvieron a aparecer y estuvo a punto de dirigirlos a ella, de decir algo que no tenía ganas de escuchar, así es que siguió hablando:

—Deberías estar orgullosa de tu nieta. La niña ganó un concurso en su escuela de diseño de modas con este bikini hecho de cocos y de la corteza de la palma. Te lo traeré para que lo veas, lo tiene en su habitación, ahora vuelvo.

La madre dejó a la abuela sola con su avergonzado ser... O eso era lo que pensaba ella.

No podía imaginar que su madre se quedó pensando en ella misma cuando tenía la edad de su nieta y en todas esas historias que nunca le iba a contar a su propia hija. 
No la entendería, no como la entendía su nieta. 
Por eso, tampoco iba a decirle que, por petición de su nieta, la ayudó a confeccionar la prenda ganadora del concurso. 

Y esto fue así empezando por la idea. En realidad era suya . Se inspiró en uno de sus recuerdos, en una travesura de juventud. 
Definitivamente entre ella y su hija había un abismo generacional que sólo pudo llenar con la existencia de su nieta.

Divertida, se quedó pensando y aguantando el malestar estomacal que le produjo la comida en aquel italiano. 

El queso de la lasaña no le sentó nada bien...

No hay comentarios:

Publicar un comentario