lunes, 5 de septiembre de 2016

96. Trébol

A partir de aquella tarde, cada vez que quería conectar con la naturaleza -desde dentro- iba al desván y sacaba las alas de hada del armario de los disfraces. Un minuto con ellas puestas significaba una semana entera en el castillo de los sueños, en lo alto de la montaña del Amor Hermoso. Las hadas, elfos y los demás habitantes la recibieron, desde el principio, como una más del reino. 
En más de una ocasión, ella quiso explicarles quién era, lo que le sucedía al ponerse las alas, el lugar en el que vivía y que echaba de menos a su perro, aunque sólo hubiese pasado cuatro minutos sin él, que equivalía a un mes desde su perspectiva como hada. Pasaba que siempre que quería iniciar esa conversación con cualquiera de las hermanas hadas, ellas le soltaban alguna evasiva, como si no quisieran que les contara nada que las apartara de la idea que crearon sobre ella y su inusual presencia.
Durante una de esas visitas fue a recoger setas y tréboles con la más pequeña.
—Dicen los libros que un trébol azul es una señal. Se supone que un espíritu humano anda cerca. —La pequeña de las hermanas dijo esto mientras recogía un trébol azul.  Luego de un silencio, prosiguió—: A mi me gustaría viajar al mundo de los que sueñan, pero las únicas hadas que pueden hacerlo son las mayores y la reina. Si pudieras, ¿me llevarías?
—¿Quieres decir que sabes que yo...?
—No tienes las orejas en punta. Además, tu forma de hablar es distinta...
—Haremos una cosa. Preguntaremos a la reina si me deja llevarte conmigo. Te gustará conocer a mi perro.
—Eso estaría bien. Pero no me lleves a la isla Bikini, por favor. Me da mucha tristeza...
—A la isla ¿qué?...  —Soltó una carcajada y cuando pudo, agregó—: No te preocupes que no está en mis planes llevarte tan lejos.  

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