En el armario sólo había una caja de madera dentro de la cual había una bailarina de porcelana.
Cada noche ella se despertaba con el sonido de un piano.
La melodía se había quedado perennizada en la madera que recubría las paredes de la estancia.
Ella salía de la caja, abría el armario y danzaba hasta el amanecer en esa habitación vacía.
En cada giro, en cada movimiento, pensaba en el mundo de fuera.
Lo conocía de oídas, por las conversaciones de quienes habían habitado en esa casa. ¿Qué habría sido de ellos?
Era mejor no saberlo, no quería confirmar sus sospechas.
Prefería imaginar que al bailar despertaba sus recuerdos y que esa habitación volvía a llenarse con sus existencias.
Y era consciente de que ella sólo era una pequeña bailarina de porcelana...
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