jueves, 8 de septiembre de 2016

99. Melodía

Este era un armario de dimensiones gigantescas y que por dentro tenía un mecanismo espectacular. 

Su dueño era un anciano que vivía en un túnel olvidado bajo los edificios modernos de la ciudad. Él se las arregló para sobrevivir sin penurias y con la mayor dignidad que le era posible procurarse. 
En aquel subterráneo no le hacía falta nada. 

Lo único a lo que le guardaba cierto apego era a ese mueble cuya maquinaria desconocía porque nunca la tuvo que arreglar. Ni siquiera tuvo que engrasar la cadena de bicicleta con la que hacía funcionar aquel enorme artilugio de música cuyas puertas eran, en realidad, un enorme parlante. 

La máquina era su compañera, la única que le escuchaba con su silencio y que le animaba con cada disco que ponía. Era como si ella, la máquina, lo escuchara de verdad y supiera exactamente la música que debía escoger para hacerle sentir mejor. 

El anciano no sospechaba -ni sospecha, ni sospechará, a menos que se lo cuentes- que el complejo mecanismo, que bajaba y subía una cantidad exagerada de discos de vinilo de cuarenta y cinco, era mantenido por un grupo de elfos. 

El mueble tenía en su interior una portezuela que lo comunicaba con el reino de los sueños. 

El anciano no sospechaba que los elfos lo llevaron a su reino en más de una ocasión. 

Puede ser que esta noche quieran hacer lo mismo. 

Puede ser que esta noche te dispongas a acompañarlos... 

Sólo tienes que cerrar los ojos y tratar de escuchar la canción que tú quieras escuchar, aquella que te hace sentir mejor.

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