El primer hombre, aquel que rompió sus ataduras y aprendió a amar, la recibió entre sus brazos.
Aquel instante atrapó su corazón revelándole la verdadera naturaleza de la eternidad.
La miró a los ojos y pensó en que le dedicaría su vida, sus esfuerzos, su deseo de crecer como persona. La protegería enseñándole a protegerse a sí misma, a valorarse, a no conformarse con lo primero que pasara por su camino... Y en ese momento le prometió estar a su lado tanto en sus errores como en sus aciertos, sin condiciones.
La indefensión que tenía entre sus brazos despertó su sensibilidad y su coraje.
Su cuerpo pequeño, escurridizo y sus ojos enormes le hicieron pensar que se trataba de un ser al que debía sostener con ternura y firmeza. Pasó un índice por su mejilla y su nariz todavía cubiertas de vérnix caseosa, la besó en la frente y la llamó por su nombre.
La esencia de aquel encuentro, él la grabó con buril y fuego en la madera del armario en el que sigue trabajando.
Hay una escena que tiene especial relevancia dentro de este grabado pero que pocos son capaces de ver y es la de un pescadito que un niño sostiene entre sus brazos. Cada vez que ve esas figuras imagina que el niño está pensando en devolver al escurridizo y pequeño ser al agua para que pueda seguir viviendo. Y aquel pensamiento le da tranquilidad.
El primer hombre, aquel que rompió sus ataduras y aprendió a amar, la recibió entre sus brazos y se convirtió en padre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario