sábado, 10 de septiembre de 2016

101. Promesas I

La reina de las hermanas hadas sacó el libro de cuentos del armario. 
Los pequeños elfos estaban esperándola en sus camas. Como nunca, estaban en silencio.

—¿Habéis imaginado la continuación de la historia? —Miró a los ojos de cada uno y, conforme lo hacía, ellos agachaban sus miradas y negaban con la cabeza. Sonrió. Abrió el libro por la página marcada con la cinta y empezó a leer:

«La guerrera amazona, el centauro y los demás viajaron durante una semana. 
El camino fue duro, sobre todo por la desolación que encontraron a su paso. 
Lo más difícil que Derk y Vania tuvieron que afrontar fue descubrir que la morada del maestro forjador de hierro había sido destruida y que él había desaparecido. 
Durante sus vidas aprendieron mucho de él, de su sabiduría, de la habilidad de su brazo con la espada. 

"Tú eres una luchadora, sobre eso no cabe la más mínima duda. 
Pero tu arma no es la espada; no porque no puedas sostener una o desarrollar esa habilidad. Puedes y debes entrenarte con ella. 
Lo que te digo es que tus armas naturales son el arco y la flecha. 
Tienes un don y debes sacarle partido. 
Lo mismo que tu madre con el hacha. 
Ella no soltaría su arma ni estando dormida ¿lo sabías?"

Recordó aquella conversación y empezó a darle vueltas al hecho de que en ese momento tuviera el arma de su madre atada al cinto, la misma que se suponía que no soltaría ni estando dormida. 

—Estás demasiado silenciosa. ¿Se puede saber en qué estás pensando? Desde que salimos de la villa estás... No sé, rara. —Derk disminuyó el trote, dejando que los demás les adelantaran. Conocía a Vania y sabía que su mente estaba muy lejos de donde tenía que estar y eso no era bueno para ambos. Se necesitaban el uno del otro para sobrevivir. Lo que les estaba esperando en los límites del mundo de leyenda no les daría tregua para solucionar nada.
—Hay ciertos detalles que no tienen sentido. No sé explicarlo, pero tengo la sensación de que no deberíamos continuar. No me mal entiendas, no estoy diciendo que no luchemos, sino que hay algo más detrás de esta guerra. Debemos descubrirlo antes de perder a alguien más.
—¿De qué estás hablando? Si... 
Un potente silbido le interrumpió.

Sus miradas, atónitas, siguieron el vuelo de una bola de fuego que cruzó por encima de sus cabezas y que fue a estrellarse en los restos del poblado que acababan de dejar. 
Pudieron ver que en el horizonte había unas máquinas monstruosas, descomunales, que avanzaban con torpeza hacia ellos. 
No había tiempo para charlas, la batalla acababa de encontrarles...» 

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