«Si te ubicara en un cuento, en algún lugar de la hoja en blanco, lo haría al principio, para no dejar ninguna duda de que tú, mi niña, eres la protagonista. Si te colocara en una ilustración, en algún lugar de la lámina, lo haría en el centro y la destinaría a ser la portada. Pero, si lo hiciera yo, te acostumbrarías a que otra persona escriba tu historia, a que alguien más dibuje tu destino. Todo eso, cariño mío, debes de hacerlo tú. Tienes derecho a escoger ser quien tú quieras ser.»
La niña cerró el libro y se quedó pensativa. No hacía más que repetirse: 'tengo derecho a escoger ser quien yo quiera ser'.
Según empezó a repetir esa idea, cayó en la cuenta de que no estaba muy segura de quien quería ser, salvo 'buena persona'.
Pero había algo más, algo muy importante que no lograba definir, quizás porque le faltaban palabras para hacerlo.
Se puso de pie y, decidida, empezó a sacar los libros que su madre tenía en el armario de la biblioteca.
—¿Qué haces cariño?
—Le preguntó su madre.
Estaba asombrada por ver a la niña saqueando la estantería más alta, aquella que reservaba para los libros existencialistas, fuesen teóricos o de fantasía.
—Buscarme a mí misma.
—Pero... A ver... Explícame eso...
La madre hablaba de manera entrecortada. Estaba entre asombrada e ilusionada. Su niña tenía diez años y estaba preocupada por encontrarse.
—El abuelo me dijo una vez que descubriste lo que querías ser en estos libros. No quiero esperar a ser mayor para saber lo que quiero ser.
—De acuerdo... Pero... ¿Me permites hacerte una sugerencia?
La madre trató de no mostrar su entusiasmo, pero enseguida se puso a buscar un libro que estaba en la estantería inferior. el de las puertas con cerrojo.
La niña no se dio por enterada; siguió metida entre los libros sin percatarse de que las misteriosas puertas por cuyos agujeros solía fisgar, estaban abieras de par en par.
Tampoco se dio cuanta del gran esfuerzo que tuvo que hacer su madre para levantar el libro y llevarlo hasta la mesa., ni del ruido que hizo aquel bodoque contra la madera.
La madre tuvo que repetir la pregunta y esperó pacientemente a que la niña apartara los libros. Entonces abrió la hebilla que cerraba la tapa de cuero repujado con la figura de un árbol celta.
—Estos son los cuentos de las hadas que habitan en la montaña del Amor Hermoso. Ellas serán tu primera guía en esa búsqueda que, estoy segura, será toda una aventura. Y, si necesitas que te ayude a comprender cualquier cosa que no entiendas, estaré aquí para que lo hablemos. ¿El abuelo te contó que él fue mi entrenador? Cada vez que él me regalaba un libro, me decía: 'En cuanto lo abras, te convertirás en una viajera del espacio-tiempo y yo seré tu guía, tu entrenador espiritual. Adelante guerrera, adéntrate en una nueva aventura. Tú tienes el poder de atravesar las dimensiones que separan las historias de los sueños y a éstos de las realidades. Así aprenderás a usar la libertad que no es otra cosa que tu poder de tomar decisiones para tu vida'.
Ambas, madre e hija, desde ese día desarrollaron un vínculo más fuerte que la unión física que alguna vez tuvieron.
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