«Escoge un objeto de tu infancia.» Le dijo la hechicera mirándola fijamente a los ojos.
Observó que la muchacha, tal como le dijeron los padres, no parpadeó.
Llevaba días sin cerrar los ojos, ni siquiera lo hacía para dormir. Sabían que entraba en un sueño profundo porque dejaba de hablar o de reír. Al principio se comunicaba con coherencia: describía lo que le ponían delante o se dirigía a quien le estuviera hablando. Pero hacia el segundo día empezó a hablar como si estuviera en otro lugar. En ocasiones contestaba con cierta lógica a lo que se le preguntaba, pero esto se parecía más a cuando se interroga a cualquier persona que habla entre sueños. Eso sí, mantenía los ojos bien abiertos, sin siquiera parpadear.
La familia siguió el consejo de los médicos de mantener sus ojos hidratados con gotas y paños oscuros y húmedos... Pero ellos no supieron darles una explicación, ni una solución, a pesar de todos los análisis y las pruebas que no dejaban de hacerle.
Sus amigas les contaron que se quedaron de cháchara después de clases cuando, de pronto se quedó así, con la mirada clavada en un punto fijo. Al principio pensaron que se trataba de una broma; por eso intentaron darle sustos aplaudiendo delante de su rostro. Pero de las risas iniciales pasaron a la preocupación y la acompañaron a casa.
Sus padres, hartos, decidieron llevársela al pueblo. Allí vivía una tía abuela que tenía fama de saber comunicarse con la naturaleza y con los espíritus.
«Aquel objeto está en tu mente y te está llevando a un recuerdo. Era algo que te gustaba mucho porque te hacía sentir grande, fuerte, poderosa.» La hechicera cogió una atado de hierbas que metió en un líquido que sacó de un armario y que olía a aguardiente.
Usando el atado, esparció el líquido por encima de la cabeza de la muchacha, por sus hombros, sus brazos y el resto de su cuerpo.
Cuando acabó, cogió las dos velas que encendió al empezar. Las sopló una a una, justo delante de sus ojos. El humo acarició sus córneas y ella, por fin, cerró los párpados y durmió durante un día entero.
—¿Qué fue lo que te dijo la bruja? —Le preguntó su mejor amiga al cabo de unos días, cuando volvió a casa.
—No lo sé. Sólo recuerdo algo que debió de ser un sueño: tú y yo estábamos montando en bicicleta, como cuando íbamos por la bajada de la playa. ¿Te acuerdas de esa cuesta? Lo que más me gustaba era la sensación del aire soplando en mi rostro, me hacía sentir libre. Debo haber soñado con eso más de una vez porque es lo único que tengo claro, como si lo hubiese vivido.
—No lo sé. Sólo recuerdo algo que debió de ser un sueño: tú y yo estábamos montando en bicicleta, como cuando íbamos por la bajada de la playa. ¿Te acuerdas de esa cuesta? Lo que más me gustaba era la sensación del aire soplando en mi rostro, me hacía sentir libre. Debo haber soñado con eso más de una vez porque es lo único que tengo claro, como si lo hubiese vivido.
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