sábado, 13 de mayo de 2017

346. Dibiridan, dibiridun

«Dibiridan, dibiridun…» cantaban los enanitos sangrientos que iban por la gran avenida. 
La niebla de aquella terrorífica madrugada daba un toque siniestro al ambiente. 
El monstruo de los tacos de carne humana les seguía a cierta distancia en busca de algún superviviente, pero casi no había nada fresco.

«Dibiridan, dibiridun…» el cántico se alejaba del centro y la niebla se dispersaba, dejando ver un armario en medio de la gran avenida. 
Un bello unicornio que brillaba como si su ser hubiese sido creado con la luz de la luna salió del mueble.

«Dibiridan, dibiridun…» se escuchó un último y lejano estribillo cuando, de un rugido, el bello unicornio escupió una bola de fuego que arrasó con lo que quedaba de aquella ciudad.

«Dibiridan, dibiridun…» cantaban los enanitos sangrientos, caminando hacia su próximo destino. 
Su único objetivo era encontrar la preciosa florecilla del unicornio que los humanos burlones se habían empeñado en esconder...

«Dibiridan, dibiridun…»

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