«Dibiridan, dibiridun…» cantaban los enanitos
sangrientos que iban por la gran avenida.
La niebla de aquella
terrorífica madrugada daba un toque siniestro al ambiente.
El monstruo de los
tacos de carne humana les seguía a cierta distancia en busca de algún superviviente, pero casi no
había nada fresco.
«Dibiridan, dibiridun…» el cántico se alejaba del
centro y la niebla se dispersaba, dejando ver un armario en medio de la gran
avenida.
Un bello unicornio que brillaba como si su ser
hubiese sido creado con la luz de la luna salió del mueble.
«Dibiridan, dibiridun…» se escuchó un último y
lejano estribillo cuando, de un rugido, el bello unicornio escupió una bola de
fuego que arrasó con lo que quedaba de aquella ciudad.
«Dibiridan, dibiridun…» cantaban los enanitos
sangrientos, caminando hacia su próximo destino.
Su único objetivo era encontrar la preciosa florecilla del unicornio que los humanos burlones se habían empeñado en esconder...
«Dibiridan, dibiridun…»
Hmm,...esa florecilla!!!
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