martes, 23 de mayo de 2017

356. Señor Melón

El desastroso señor Melón era un estrambótico y malintencionado hombrecillo de tres al cuarto. 
Cazurro en todas sus acepciones, es decir, malicioso, ordinario y lento de entendederas, tenía por deporte coleccionar enemistades y cosechar el rechazo general. 

Se paseaba por ahí con sombrero de paja, bastón de palo de escoba y un poncho de esparto con el que barría las colillas de las aceras. 

—Es una lástima que la gente apague sus cigarrillos antes de tirarlos al suelo —se le escuchó decir a algún vecino. 
—Si la gente no lo hiciera, sería ahondar en la falta de civismo. Imagínate si se llegara a incendiar el poncho de don Melón. Eso equivaldría a quemar basura en la calle ¡y hasta allí podíamos llegar! —fue la respuesta de su acompañante, según el rumor que voló por el barrio, por el distrito entero. 

A él, que le importaba un pimiento rojo lo que dijeran sobre su persona, le importaba otro pimiento verde refinar sus modales, renovar su armario, o hacer un esfuerzo sobre humano por comprender la diversidad de estilos de vida que coexistían en la urbe. No le daba la gana. Él prefería meterse con todos, incomodarles con su presencia, con sus intromisiones que sólo buscaban crear conflictos, con sus veredictos que evidenciaban su visión plana y sesgada de una moral que, así como su poncho, había creado a su medida. 

Disfrutaba yendo por allí, emitiendo juicios de valor sobre la vida de los demás. Lo hacía a voz en cuello y apuntando con su palo de escoba a su despistada víctima. Sobra decir que todos se apartaban de su camino si le veían venir. Si se cebaba con alguien era porque, o no era del barrio, o no le había visto. 

Le tenían por un pobre perturbado que sólo sabía malgastar su vida metiéndose donde no le llamaban. 

Su único aporte, por así decirlo, era que conseguía hacer que personas totalmente divergentes entre sí, se unieran en la antipatía hacia él. 
Y así era este señor de cabeza y corazón huecos como un melón.

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