Una gota de sueño caía lentamente desde lo alto de la montaña del Amor Hermoso, del lado del risco.
En aquel punto, algún espíritu travieso colocó un armario de tal manera que parecía que el mueble estaba a punto de despeñarse. Sus puertas, siempre abiertas, ocultaban un enorme gotero que contenía todas las imágenes que iban a ser representadas en las mentes durmientes.
La gota se desintegraba mientras caía y el viento dispersaba sus moléculas, repartiéndolas entre los habitantes del mundo mágico.
La más pequeña de las hermanas hadas, esa noche había pedido soñar con su reina, volver a verla aunque fuese de ese modo; pero se arrepintió. Sabía que no podía, ni debía hacerlo porque aquello era como interrumpir un proceso: la reina debía acostumbrarse a su nuevo estado de invisibilidad. Así es que, luego de arrepentirse, la pequeña hada se sintió un poco abrumada con la idea de haber ocasionado a su hermana mayor algún tipo de distracción, o algo semejante. Hizo lo posible por no dormirse, pero luego de un par de cabeceadas, cayó rendida. La molécula de sueño que le correspondía le hizo cosquillas en la nariz y se le metió dentro durante una profunda respiración.
Esa noche no vio en sueños a la reina de las hermanas hadas; en cambio, toda la noche percibió el olor del mar. Aquel perfume le trajo la calma y le quitó de encima ese regustillo a tristeza que fue lo que le había llevado a desesperarse y a dejar de confiar -aunque sólo fuera por un instante- en el poder del espacio-tiempo que, mágicamente, se resume en una sola palabra, la misma que está en el nombre de la montaña, justo antes del adjetivo.
A partir de esa noche, la más pequeña de las hermanas hadas sólo pedía soñar con el mar.
Muy lindo!!
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