El desconcierto dentro de la cocina era brutal. Las cucharas de palo volaban dejando caer sus contenidos sobre lo que fuera. Las cacerolas luchaban contra las sartenes golpeándose estruendosamente entre ellas. La nevera se convirtió en una especie de cañón que, cada vez que abría la puerta disparaba, cual proyectiles, yogures, fruta, quesos, o lo que le saliera del fondo. El armario de la cristalería temblaba cada vez que algo le rozaba; el sonido que producía era estremecedor. Los armarios superiores se abrieron de golpe y su contenido empezó a caer en la encimera. Entonces, una solitaria fresa salió despedida y cayó dentro de la cacerola que estaba siendo ahogada por una sartén dentro del fregadero. La cacerola, que apreció su contenido, escapó hacia el fogón, que era el lugar en el que, dada su calidez, más a salvo podía sentirse. En ese momento, el tarro de azúcar se abrió desde el armario superior y empezó a nevarle dentro. Las fresas, que escucharon el llamado de su compañera, acudieron a ella para unirse en el baño dulce. La cocina se quedó en silencio. La mermelada salvaje acababa de nacer.
...es una niña!!!,...
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