viernes, 7 de abril de 2017

310. Araña y musaraña



En una nube de perejil, vagando estaba una musaraña de largo hocico y mirada de diminutas cabezas negras de alfiler. En su aburrimiento cavilaba sobre la sorprendente manera en que asustaría a la araña que vivía detrás del armario del salón de la casa en la que solía colarse por las noches, generalmente cuando perseguía a algún insoportable grillo.
Ambas, araña y musaraña, se tenían hambre –del de verdad de la buena–. Tenían ganas de atraparse, saborearse, masticarse… En aquella batalla, el triunfo podría ser de cualquiera de las dos.
En la telaraña, balanceándose estaba la araña con su tutú rojo de lunares blancos, sus ocho tacones de charol, y su mirada de diminutas cabezas negras de alfiler. En su somnolencia le daba vueltas a la curiosa manera en que tejería su tela para atrapar a la musaraña cuando sin querer se colara detrás del armario por perseguir a algún despistado grillo.
Y en un momento de inspiración –porque eso fue lo que ambas sintieron–, se miraron con esas miradas de diminutas cabezas negras de alfiler. Entonces surgió la magia pues la una reconoció la existencia de la otra y al revés. Aquel fue un triunfo compartido porque a partir de entonces supieron arreglárselas para cooperar entre ambas y hacerse compañía en la lejanía.
Así fue como araña y musaraña trabaron una extraña pero fecunda amistad.    

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