En una nube de perejil, vagando estaba una
musaraña de largo hocico y mirada de diminutas cabezas negras de alfiler. En su
aburrimiento cavilaba sobre la sorprendente manera en que asustaría a la araña
que vivía detrás del armario del salón de la casa en la que solía colarse por
las noches, generalmente cuando perseguía a algún insoportable grillo.
Ambas, araña y musaraña, se tenían hambre –del de
verdad de la buena–. Tenían ganas de atraparse, saborearse, masticarse… En aquella
batalla, el triunfo podría ser de cualquiera de las dos.
En la telaraña, balanceándose estaba la araña con
su tutú rojo de lunares blancos, sus ocho tacones de charol, y su mirada de
diminutas cabezas negras de alfiler. En su somnolencia le daba vueltas a la
curiosa manera en que tejería su tela para atrapar a la musaraña cuando sin
querer se colara detrás del armario por perseguir a algún despistado grillo.
Y en un momento de inspiración –porque eso fue lo
que ambas sintieron–, se miraron con esas miradas de diminutas cabezas negras
de alfiler. Entonces surgió la magia pues la una reconoció la existencia de la otra
y al revés. Aquel fue un triunfo compartido porque a partir de entonces
supieron arreglárselas para cooperar entre ambas y hacerse compañía en la
lejanía.
Así fue como araña y musaraña trabaron una
extraña pero fecunda amistad.
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