sábado, 15 de abril de 2017

318. Tras los muros

La sensación era… es… sigue siendo extraña. Cada vez… Cada vez que alguien se acercaba, se acerca, a esa habitación –alguien de fuera, quiero decir– me dan ganas de aproximarme, de advertirle que no entre. ¡Cómo si la iglesia fuera pequeña! Con lo atípicamente grande que es, ¿por qué todos los turistas que entran por el portón de mil quinientos y pico tienen que ser tan cotillas? Todos, sin excepción, hacen el mismo recorrido por los laterales de la nave para terminar en la sacristía. Es cierto que esa habitación es parte de la exposición permanente y que está abierta al público, pero… ¿Por qué tienen que dejarse seducir por la puerta diminuta que está al lado del armario de pared? ¿Por qué tienen que coger el pomo de porcelana, girarlo, abrir la puerta y asomarse dentro? O, lo que me intriga más, ¿por qué una vez que tienen delante de sus narices el pasillo interminable que lleva a ninguna parte, deciden entrar? Ni siquiera podría responderme a esa pregunta después de que yo mismo entrara por esa puerta, de que me adentrara en aquel pasillo, de que me quedara vagando para siempre entre estos muros de piedra. La sensación de querer advertirles sigue siendo extraña, sobre todo porque sé que no me van a escuchar.

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