miércoles, 12 de abril de 2017

315. Songo, Borondongo, Bernabé y Muchilanga

Songo, el macabro usurero  de los perennes escupitajos y la tos de perro, iba con su jersey mostaza a conquistar ‘mozas cuarenteañeras’ según su afán noventeañero.

Borondongo, el dulce, dulcero y retirado ex jefe de la mafia, bebía como un poseído, litros y litros de zurra capote.

Bernabé, el barbudo de pelo cano, capirote mayor de los botas-descalzos, se preparaba cuarismáticamente dentro de su armario ilustrado, para la procesión de los albores y las penas de ley.  

Muchilanga, el menor de ellos, llevaba la fiesta encima y le daba por bailar con todas las enfermeras de la residencia, aunque llevaba siglos siendo incapaz de escuchar.

Cada semana santa, estos cuatro escuderos salían de estación en estación hasta alcanzar la hora gozosa de la madrugada. 

Ya para entonces no se acordaban ni de sus nombres, ni de su falta de memoria.

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