Songo, el macabro usurero de los perennes escupitajos y la tos de
perro, iba con su jersey mostaza a conquistar ‘mozas cuarenteañeras’ según su afán noventeañero.
Borondongo, el dulce, dulcero y retirado ex jefe
de la mafia, bebía como un poseído, litros y litros de zurra capote.
Bernabé, el barbudo de pelo cano, capirote mayor
de los botas-descalzos, se preparaba cuarismáticamente
dentro de su armario ilustrado, para la procesión de los albores y las penas de
ley.
Muchilanga, el menor de ellos, llevaba la fiesta
encima y le daba por bailar con todas las enfermeras de la residencia, aunque
llevaba siglos siendo incapaz de escuchar.
Cada semana santa, estos cuatro escuderos salían
de estación en estación hasta alcanzar la hora gozosa de la madrugada.
Ya para
entonces no se acordaban ni de sus nombres, ni de su falta de memoria.
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