Frío. La sensación de aquel día era que el
invierno había vuelto para reventar a todo el mundo por dentro, como una explosión
de estremecimientos nacidos desde los huesos hasta el último poro. Piel de
gallina.
—¿Tiene que haber amor?— preguntó H., el intrépido enamoradizo, al tiempo que despegaba la frente del cristal. Se había apoyado en la ventana que estaba junto a la estufa que tuvieron que encender durante esa tarde de primavera invernal.
—No es indispensable—contestó H., el terrible ladrón de amoríos, al tiempo que examinaba el armario de la estancia. Sospechaba que no estaban solos y aquel era el único lugar en el que podía esconderse quien pudiera estar espiándoles. Le hizo una señal a su compañero para que guardara silencio mientras cogía las manecillas de la puerta. Carraspeó y siguió—: No te preocupes, para sacar adelante nuestra empresa no necesitaremos gastar en amores, ni en preocupaciones, ni en tormentos. Sólo nos hará falta tener de nuestro lado a un buen escuchapedos.
Y, diciendo esto, abrió de un tirón las puertas del armario. Un hombre pequeño, tan pequeño que cabía en la palma de una mano, cayó de bruces.
Se llamaba H. y era el chismoso del pueblo. Su megáfono, que era un dedal agujereado, rodó hasta llegar al radiador, a los pies de H., que se agachó para recogerlo. Mientras lo hacía pensó en el modo de usar al hombrecillo. Ciertamente su tamaño podría ser de utilidad para su empresa, pero su afición podría echarlo todo a perder. Así es que no sabía a qué podría referirse H. al decir que lo único que les haría falta era tenerle de su parte. Pero seguirían maquinando sobre el modo en... En ese momento vio que las nubes se apartaban y dejaban pasar un rayo de sol. Podía ser que al día siguiente mejorara el clima. Podía ser... un sinsentido.
—¿Tiene que haber amor?— preguntó H., el intrépido enamoradizo, al tiempo que despegaba la frente del cristal. Se había apoyado en la ventana que estaba junto a la estufa que tuvieron que encender durante esa tarde de primavera invernal.
—No es indispensable—contestó H., el terrible ladrón de amoríos, al tiempo que examinaba el armario de la estancia. Sospechaba que no estaban solos y aquel era el único lugar en el que podía esconderse quien pudiera estar espiándoles. Le hizo una señal a su compañero para que guardara silencio mientras cogía las manecillas de la puerta. Carraspeó y siguió—: No te preocupes, para sacar adelante nuestra empresa no necesitaremos gastar en amores, ni en preocupaciones, ni en tormentos. Sólo nos hará falta tener de nuestro lado a un buen escuchapedos.
Y, diciendo esto, abrió de un tirón las puertas del armario. Un hombre pequeño, tan pequeño que cabía en la palma de una mano, cayó de bruces.
Se llamaba H. y era el chismoso del pueblo. Su megáfono, que era un dedal agujereado, rodó hasta llegar al radiador, a los pies de H., que se agachó para recogerlo. Mientras lo hacía pensó en el modo de usar al hombrecillo. Ciertamente su tamaño podría ser de utilidad para su empresa, pero su afición podría echarlo todo a perder. Así es que no sabía a qué podría referirse H. al decir que lo único que les haría falta era tenerle de su parte. Pero seguirían maquinando sobre el modo en... En ese momento vio que las nubes se apartaban y dejaban pasar un rayo de sol. Podía ser que al día siguiente mejorara el clima. Podía ser... un sinsentido.
Mi dulce porcelana,...
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