martes, 25 de abril de 2017

328, El compás

En el edificio abandonado de la vieja factoría, en una esquina, dentro de un antiguo armario de herramientas que antes había sido rojo y que el óxido del latón convirtió en una tonalidad marrón sin vida, había un diminuto, pero muy efectivo, compás del tiempo. Sus creadores, un inventor y su hija, aprendiz del oficio, lo escondieron en ese lugar para que no fuera usado por gente sin escrúpulos. Aquel era un instrumento tan preciso como efectivo: con él se podían trazar rutas inequívocas hacia los hechos pasados, hacia los sueños presentes y hacia las cimas futuras. Todo se volvía alcanzable, reparable, o mejorable, sólo con el hecho de navegar de un punto a otro en el tiempo. Si se usaba para enmendar pequeñas meteduras de pata, o para pensar mejor alguna nimiedad antes de hacerla, o para quitarse de encima alguna insignificante preocupación, no había consecuencias. Pero, si el compás se usaba para conseguir importantes beneficios, el instrumento podía descontrolarse y acabar en una situación caótica. Eso fue algo que sus creadores descubrieron de muy mala manera, experiencia que no contaremos en esta ocasión. Sólo diremos que al menos tuvieron la oportunidad y el tino de esconder su invento dentro de un cajón que jamás sería abierto: el edificio abandonado de la vieja factoría estaba situado en la imagen marginal de un pasado que nunca ocurrió.  

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