En el edificio abandonado de la vieja
factoría, en una esquina, dentro de un antiguo armario de herramientas que antes
había sido rojo y que el óxido del latón convirtió en una tonalidad marrón sin
vida, había un diminuto, pero muy efectivo, compás del tiempo. Sus creadores,
un inventor y su hija, aprendiz del oficio, lo escondieron en ese lugar para
que no fuera usado por gente sin escrúpulos. Aquel era un instrumento tan
preciso como efectivo: con él se podían trazar rutas inequívocas hacia los
hechos pasados, hacia los sueños presentes y hacia las cimas futuras. Todo se
volvía alcanzable, reparable, o mejorable, sólo con el hecho de navegar de un
punto a otro en el tiempo. Si se usaba para enmendar pequeñas meteduras de
pata, o para pensar mejor alguna nimiedad antes de hacerla, o para quitarse de
encima alguna insignificante preocupación, no había consecuencias. Pero, si el
compás se usaba para conseguir importantes beneficios, el instrumento podía
descontrolarse y acabar en una situación caótica. Eso fue algo que sus
creadores descubrieron de muy mala manera, experiencia que no contaremos en
esta ocasión. Sólo diremos que al menos tuvieron la oportunidad y el tino de
esconder su invento dentro de un cajón que jamás sería abierto: el edificio
abandonado de la vieja factoría estaba situado en la imagen marginal de un pasado que
nunca ocurrió.
Lo escondieron en el armario incógnito??
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