domingo, 18 de diciembre de 2016

200. El armario de los cuentos

En el armario de los cuentos trabajaba duramente una única neurona. 
Se dedicaba a manejar la compleja maquinaria destinada a organizar las palabras, ideas e imágenes que ahí se guardaban. Era tan tímida que se escondía cada vez que se abrían las puertas. A veces se asomaba para ver los rostros de quienes sacaban alguna de sus historias; ver sus reacciones era su única recompensa. Pero la sensación que esto le dejaba, le duraba muy poco y, cabizbaja, volvía a sus solitarias tareas.

Un buen día, otra neurona llegó al armario. 
Se dedicaba a empujar los muebles, a cambiarlos de sitio según las órdenes que recibía. 
Entró en aquel armario para comprobar si había algo o no. Ambas se encontraron de casualidad. 

La primera no se había dado cuenta de que las puertas habían sido abiertas. 

La segunda, en lugar de echar un vistazo y marcharse, se quedó a curiosear entre las imágenes que brillaban encajadas una contra otra, entre las ideas que hacían ebullición en medio de un complejo de tubos transparentes y entre las palabras que caían desordenadas desde los sacos que las contenían, los mismos que estaban apilados en estanterías que parecían no tener fin.

Al encuentro de ambas, siguió una larga charla. Hablaron de la soledad y de la relativa monotonía de sus trabajos. 
—Sabes, —dijo la segunda— a veces creo que sólo debemos seguir, que nuestro esfuerzo sí que será reconocido, pero debemos empeñarnos en continuar. Vendré a visitarte para que no te sientas tan sola y a ver si puedo ayudarte de algún modo.
—Vale. Pero no me has dicho tu nombre.
—Testaruda ¿y tú?
—Yo soy Fantasía.
A partir de ese encuentro, Testaruda se aficionó a las historias de Fantasía, y cada vez que la encontraba cabizbaja, se saltaba sus propias órdenes y empujaba un poco el armario, por si el cambio de sitio la ayudaba a animarse y a continuar... 

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