Mamá era la primera en levantarse y la última en irse a dormir.
Siempre estaba ocupada haciendo cosas tales como el desayuno, recoger el desorden, organizar las meriendas, llevar a los chicos al cole, pasar por la lavandería, hacer la compra, limpiar la cocina, los baños, las habitaciones... ¡toda la casa!
Luego ayudaba a los chicos a hacer los deberes y escuchaba las dificultades que había tenido su esposo durante el día, cuando volvía cansado del trabajo.
Como ella siempre estaba haciendo algo, todos pensaban que era inagotable, pero esto no era cierto.
Una mañana recibió un paquete.
Era un regalo de una prima suya a la que todos tenían por bruja y que vivía al otro lado del océano.
«Para que dejes de jugar a la casita de muñecas»
Era lo único que le puso en una nota. Estaba dentro de la pequeña caja, sobre las dos miniaturas envueltas en papel y plástico de embalaje.
Se trataba de un reloj de chimenea y de un armario, ambos accesorios de una antigua casa de muñecas.
Le hizo gracia la ironía de la nota.
Colocó ambos objetos sobre la mesa de la cocina y se dispuso a observarlos con mayor detenimiento.
En cuanto abrió las puertas del armario, la madre se volvió humo y quedó atrapada dentro.
En ese momento el reloj de chimenea creció hasta llegar a un tamaño corriente. Al mismo tiempo, el pequeño armario se hizo aún más pequeño, tanto que encajó en una rendija en la madera que tenía el reloj justo en el centro, debajo del minutero que en ese momento marcaba las seis.
Cuando el padre y los chicos llegaron del trabajo y de la escuela, respectivamente, encontraron la casa a medio hacer -eso fue lo primero que les extrañó-.
Al cabo de un rato se dieron cuenta de que mamá no estaba y la empezaron a buscar por todas las habitaciones.
Estaban hambrientos, cansados, llenos de deberes, de batallas que contarle. Pero mamá no estaba por ninguna parte.
Intentaron llamarla, pero los teléfonos y los móviles dejaron de funcionar.
Quisieron salir a preguntarle a alguna vecina, por si la habían visto, pero las puertas y las ventanas estaban cerradas.
Intentaron encender el ordenador, el televisor, la radio, por si había alguna noticia que explicara su desaparición, pero nada funcionaba. Ni siquiera funcionaban las consolas de video juegos.
Uno de ellos, el padre, o el hijo mayor o el pequeño, descubrió el reloj de la cocina.
Además de marcar la hora en la esfera principal, tenía dos esferas pequeñas a cada lado. Una marcaba los días y meses y la otra los años. En la parte trasera tenía una cuerda y al darle vueltas, salió un papel que ponía lo siguiente:
«Todo lo que hace mamá es de agradecer,
y por eso ella volverá
cuando la palabra 'dignidad'
se termine de aprender»
Los primeros días hicieron las cosas como les dio la gana.
Estaban enfadados. Acabaron toda la comida preparada, los dulces y otras cosas que había por ahí.
Cuando quedó poco, o nada, empezaron a comer lo que aparecía en los estantes y en la nevera, que era pescado, fruta, verduras y poco más.
Los primeros años vivieron sucios, apenas recogían o lavaban aquello que desordenaban o ensuciaban; ellos mismos no tenían ganas de ducharse. Ninguno envejecía, así es que les daba igual hacer o dejar de hacer lo que fuera. Se aburrían, se peleaban, dejaban de hablarse, de jugar. Se volvieron gruñones y sólo se quejaban de que mamá no estuviera con ellos. La echaban de menos, sí, pero porque todo era un desastre sin ella.
Pasaron un siglo así, hasta que un buen día, uno de ellos, el padre, o el hijo mayor o el pequeño, volvió a leer la nota que había salido del reloj. 'Dignidad' repitió en voz alta. Entonces los tres se preguntaron qué era lo que sería la dignidad para mamá.
Hablaron sobre ello y, mientras lo hacían, empezaron a recoger y a limpiar todo el desastre. 'Mamá haría esto de este modo o de éste otro'. Pusieron lavadoras, plancharon, pasaron la aspiradora y muchas cosas más.
Cuando terminaron, se sentaron y empezaron a echar de menos a mamá, pero esta vez de verdad, no por todo lo que hacía, sino por la persona que era para ellos. En ese momento el hechizo se acabó y mamá volvió al lado de los tres...
A partir de ese día todos se dividieron las responsabilidades de la casa y mamá tuvo tiempo para redescubrir y retomar algunos talentos que había olvidado que tenía y que la hacían crecer, ser más fuerte como mujer y persona.
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