« —Si decías, porque decías. Si te quedabas callado, porque no decías nada.
Total, que este hombre no se quedaba tranquilo y continuamente le buscaba los
tres pies al gato. Lo hacía siempre y siempre terminaba empantanado en
malentendidos de poca monta. Como se metía en muchos y variados líos, terminaba
enemistado con medio pueblo. ¿Que qué? Repite. ¡Ah! ¿Que qué ocurría con el medio
pueblo restante? Pues sucedía que no le querían tener cerca. Como se suele
decir, preferían mantener las distancias. Una... Espera, que acabo de acordarme
de una cosa, calla un poco y déjame contarte. Antes de que le sucediera
aquello, apareció una pintada en el muro de su casa; ponía “munaizapa”. Sí,
sí, eso mismo: “mu-nai-za-pa” ¡Anda, sabes lo que significa! A mí me
costó una tarde entera en la heladería para enterarme que se estaban burlando
de él. Allí, los viejos decían entre risas que la pintada debió de hacerla algún
crío. Le echaban la culpa al nieto de uno que se estaba partiendo de risa. A la
mujer no le hacía ninguna gracia que señalaran al nieto; aunque se ponía muy
seria para defenderle, pronto se contagiaba de la risa del marido. Las demás
mujeres se dedicaron, entre risas, a pinchar la teoría de los viejos. Les
decían que ni los más jóvenes, ni los que venimos de fuera como nosotros,
conocemos las palabras de sus raíces indígenas. Eso sí, todos se pusieron de
acuerdo para reírse de mí, de mi ignorancia. “¡Que es un detalloso!”, dijo uno. “¡Eso tampoco lo entiende!”, le
contestaron a coro y estallaron en carcajadas. “Que es un pretencioso”,
me explicó con más calma la abuela que, entre indignada y risueña, me cogió por
el brazo para apartarme a un lado. No supe qué quería decirme, porque en ese
momento alguien más dio la voz de que el
Munaizapa venía calle abajo. Entonces la mujer se apresuró en llevarse a su
marido y ambos se fueron entre vítores y aplausos de los demás. ¿Qué? No, no,
ese no. Te estoy hablando del hombre que compró la casa de la esquina, la que
tenía ese jardín que todos los vecinos cuidaban y querían como propio, pero que
cuando llegó él, levantó un muro y lo cercó. No, no; las autoridades no
pudieron hacer nada. Tampoco pudieron hacer nada cuando cambió la puerta de la
entrada por un armatoste que se parece más a un armario. No esa esquina, la
otra. ¿No es él por quien preguntas? ¿Entonces? ¿Qué? ¿Estás seguro? ¿Al dueño
de la casa de la otra esquina le sucedió lo mismo que a Munaizapa? ¡Qué dices! Pensé que… Espera, espera. Mejor voy a tu
casa y me cuentas. Te llevo unas cervezas que tendremos para rato. Hasta ahora.»
Colgó el teléfono y se fue en busca del resto de la historia. No te
preocupes, no te pierdes de nada. El desenlace es tan malo como el de chiste
del niño del papelito. ¿Te acuerdas? Me lo contaste tú… Se suponía que todos
marginaron al niño por lo que ponía el papelito, pero justo, al final de la
historia, el dichoso papelito se borró.
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