jueves, 22 de diciembre de 2016

204. Venganza

« —Si decías, porque decías. Si te quedabas callado, porque no decías nada. Total, que este hombre no se quedaba tranquilo y continuamente le buscaba los tres pies al gato. Lo hacía siempre y siempre terminaba empantanado en malentendidos de poca monta. Como se metía en muchos y variados líos, terminaba enemistado con medio pueblo. ¿Que qué? Repite. ¡Ah! ¿Que qué ocurría con el medio pueblo restante? Pues sucedía que no le querían tener cerca. Como se suele decir, preferían mantener las distancias. Una... Espera, que acabo de acordarme de una cosa, calla un poco y déjame contarte. Antes de que le sucediera aquello, apareció una pintada en el muro de su casa; ponía “munaizapa”. Sí, sí, eso mismo: “mu-nai-za-pa” ¡Anda, sabes lo que significa! A mí me costó una tarde entera en la heladería para enterarme que se estaban burlando de él. Allí, los viejos decían entre risas que la pintada debió de hacerla algún crío. Le echaban la culpa al nieto de uno que se estaba partiendo de risa. A la mujer no le hacía ninguna gracia que señalaran al nieto; aunque se ponía muy seria para defenderle, pronto se contagiaba de la risa del marido. Las demás mujeres se dedicaron, entre risas, a pinchar la teoría de los viejos. Les decían que ni los más jóvenes, ni los que venimos de fuera como nosotros, conocemos las palabras de sus raíces indígenas. Eso sí, todos se pusieron de acuerdo para reírse de mí, de mi ignorancia. “¡Que es un detalloso!”, dijo uno. “¡Eso tampoco lo entiende!”, le contestaron a coro y estallaron en carcajadas. “Que es un pretencioso”, me explicó con más calma la abuela que, entre indignada y risueña, me cogió por el brazo para apartarme a un lado. No supe qué quería decirme, porque en ese momento alguien más dio la voz de que el Munaizapa venía calle abajo. Entonces la mujer se apresuró en llevarse a su marido y ambos se fueron entre vítores y aplausos de los demás. ¿Qué? No, no, ese no. Te estoy hablando del hombre que compró la casa de la esquina, la que tenía ese jardín que todos los vecinos cuidaban y querían como propio, pero que cuando llegó él, levantó un muro y lo cercó. No, no; las autoridades no pudieron hacer nada. Tampoco pudieron hacer nada cuando cambió la puerta de la entrada por un armatoste que se parece más a un armario. No esa esquina, la otra. ¿No es él por quien preguntas? ¿Entonces? ¿Qué? ¿Estás seguro? ¿Al dueño de la casa de la otra esquina le sucedió lo mismo que a Munaizapa? ¡Qué dices! Pensé que… Espera, espera. Mejor voy a tu casa y me cuentas. Te llevo unas cervezas que tendremos para rato. Hasta ahora.»

Colgó el teléfono y se fue en busca del resto de la historia. No te preocupes, no te pierdes de nada. El desenlace es tan malo como el de chiste del niño del papelito. ¿Te acuerdas? Me lo contaste tú… Se suponía que todos marginaron al niño por lo que ponía el papelito, pero justo, al final de la historia, el dichoso papelito se borró.

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