martes, 13 de diciembre de 2016

195. Sentencia

El hombre con cabeza de búho presidía la mesa del tribunal. Parecía dormir acurrucado en su túnica, pero no era así. Como juez, estaba escuchando atentamente al fiscal cabeza de león. Él, en su alegato final, se estaba dirigiendo a los honorables miembros del jurado popular, que estaba conformado por todos los integrantes del burdel-gallinero. Ellas, las damas cabezas de gallina, estaban ataviadas con trajes de dos piezas de faldas o pantalones y chaqueta; además llevaban blusas abotonadas hasta el cuello. Ellos, los jóvenes chaperos cabezas de chorlito, estaban elegantemente trajeados y llevaban gemelos con las iniciales de su hogar y lugar de trabajo "BG". Según lo que les estaba diciendo el fiscal, ellos representaban a uno de los gremios más solidarios de la sociedad y por ello debían ser ejemplares a la hora de dictaminar la inocencia o la culpabilidad del acusado. Él, un hombrecillo enjuto con cabeza de peluche apaleado y ojos de botón, permanecía con los hombros hasta las orejas, escuchando todo lo malo que se decía acerca suyo. Cada poco meneaba la cabeza, como si con ello pudiera borrar las evidencias. Se tenía a sí mismo como un tipo mucho más listo que los demás, mucho mejor preparado que los demás, capaz de hacer todo cuanto quisiera, como inversiones a muy alto nivel. Que los demás le escucharan, le creyeran y le confiaran sus ahorros para que él los duplicara era una habilidad añadida a las que ya tenía. Que hubiese tenido que tirar de la enfermedad de sus hijos para recaudar fondos que le permitieran cubrir algunos agujeros ocasionados por alguna que otra mala inversión, sólo fue una mentirijilla que se le fue de las manos. 
—Señoras y señores miembros del jurado popular, este señor que tenemos ante nuestros ojos es, en toda regla, un carajaula. Es exactamente una jaula el único futuro al que debería aspirar y eso dependerá de la decisión que ustedes tomarán de acuerdo a todas las evidencias presentadas. —Finalizó el fiscal.
La sonrisa dibujada en la calabaza que el abogado defensor tenía por cabeza, parecía respaldar aquellas palabras. No movió ni una sola fibra de su cuerpo de paja en cuanto todos se pusieron de pie para despedir a los miembros del jurado que se retiraban a deliberar. Parecía que su presencia sólo era un adorno.

La sentencia que dictó el juez después de que el jurado determinara la culpabilidad del acusado, fue ejemplar: cadena perpetua dentro de un armario. Y es que este cantamañanas había asesinado, con ventaja y alevosía, al espíritu solidario de toda una sociedad.

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