En una caja de zapatos, una de esas que sirven de almacén de recuerdos, la maestra guardaba un sobre con unas cuantas fotos.
Eran de sus ex-alumnos, de cuando eran peques, que fue la época en la que les enseñó. Entonces, unas cuantas madres tuvieron la delicadeza de dedicarle cuando, al final del curso, se despidieron de ella.
No necesitaba ver esas fotos para recordarles, para imaginarles entre achuchones y juegos, entre risas y pataletas.
En ocasiones se preguntaba si en sus vidas adultas le recordarían; pero prefería pensar en que no era así.
Alguna vez se encontró con alguno de ellos por la calle. Por su reacción se dio cuenta de que aquel niño no quería recordarla porque 'ya no era un bebé'.
La inocente crueldad de la niñez a veces era así. Lo único que hizo fue aceptarlo.
Le consolaba pensar que el cariño con el que les trató, sólo era parte de su profesionalidad, aunque eso sonara frío o distante. En cualquier caso, la verdad era que no estaba en el presente de aquellas criaturas. Punto.
Una noche, en la que los sueños se confunden con lo cotidiano, vio salir a esos pequeños de sus fotos, de la caja, de su armario.
Rodearon su cama y empezaron a decirle que ella había sido una de esas personas que sembraron, en sus pequeños seres, las semillas de la curiosidad.
Despertó con la sensación de haber hecho algo pequeño, pero importante.
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