Si la casa de las paredes de madera pudiera contar historias, quizás empezaría con el cuento de la habitación azul en la que ella, tan diva como divina, tenía un armario lleno de alegre nostalgia.
Rondaba el arte por sus venas y los niños la seguían a donde fuera.
Jugaban a los corros, a la liga, a las escondidillas, a las cosquillas no, a saltar a la cuerda y a reír a carcajada limpia.
Pero el juego que todos esperaban con ansia era entrar en la habitación azul y que les dejara husmear en el armario.
Escogían prendas de vestir, zapatos, abrigos, pelucas y sombreros, y una vez disfrazados, jugaban al teatro.
Ella, tan tía, tan abuela, les organizaba y luego de las meriendas, representaban sus obras a los mayores.
Si la casa de las paredes de madera pudiera contar historias, ella estaría en todas y en cada una de ellas.
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