Érase una vez un gato radical y un armario desesperado.
El uno era muy libre, decidido e independiente.
El otro era hueco, estático y estaba impaciente por sentirse útil, porque fue olvidado en el desván.
Un buen día el gato, que no aguantaba pulgas, se enfadó con sus humanos y decidió perderse en algún rincón.
Así fue como llegó al desván y se hizo compañero inseparable del mueble al que adoptó como hogar y del que sólo se separaba para hacerle la pelota a sus humanos en busca de comida y poco más.
Ellos, sus humanos, imaginaban que andaba cazando por ahí, entre amoríos felinos y aventuras gatunas, por eso nunca se tomaron la molestia de buscarlo por casa; y como tampoco echaban de menos la utilidad del armario...
Érase una vez y para siempre un gato radical y un armario acogedor que trabaron una curiosa y dormilona amistad.
Me encanto
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