Érase una vez un armario expresivo.
Solía plantarse en mitad de la calle con uno de esos carteles que dicen “regalo abrazos”.
Le habrás visto en la Puerta del Sol, o por la Cuesta de San Blas, o junto a las aguas del León Moribundo, o en cualquier otro sitio en el que te detuvieras a pensar que esto o aquello o lo de más allá era una injusticia para ti.
Quienes le veían y se abrazaban a sus puertas abiertas, desaparecían.
El armario les transportaba a otras realidades en las que los derechos de las personas carecían de abrigo.
Lo que aprendían durante esos viajes les hacía
ponerse en los zapatos ajenos, o en la falta de los mismos, según se diera el
caso.
Luego de visitar todos los lugares imaginables y de comprender las necesidades de sus gentes, el armario les devolvía a sus vidas a través de sus propios armarios. Es decir, sea donde fuere que te hubieran visto por última vez, la siguiente vez que los demás te volvían a ver, era en tu casa. Así estuvieras de vacaciones en la Conchinchina, allá por el río Mekong, te devolvía a tu habitación y aparecías colgado de una percha o doblado dentro de un cajón de tu armario. Una vez fuera, te sentías cambiado, distinto, como más contento con lo que tenías o dejabas de tener y al mismo tiempo, más preocupado por las necesidades de los demás y dispuesto a hacer lo que estuviera en tu mano para ayudarles.
Y es que aquel era un armario influyente, quizás porque era muy expresivo y contundente con sus abrazos.
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