jueves, 1 de diciembre de 2016

183. Dentro de un abrazo

Érase una vez un armario expresivo.

Solía plantarse en mitad de la calle con uno de esos carteles que dicen “regalo abrazos”. 

Le habrás visto en la Puerta del Sol, o por la Cuesta de San Blas, o junto a las aguas del León Moribundo, o en cualquier otro sitio en el que te detuvieras a pensar que esto o aquello o lo de más allá era una injusticia para ti.  

Quienes le veían y se abrazaban a sus puertas abiertas, desaparecían.

El armario les transportaba a otras realidades en las que los derechos de las personas carecían de abrigo. 

Lo que aprendían durante esos viajes les hacía ponerse en los zapatos ajenos, o en la falta de los mismos, según se diera el caso.

Luego de visitar todos los lugares imaginables y de comprender las necesidades de sus gentes, el armario les devolvía a sus vidas a través de sus propios armarios. Es decir, sea donde fuere que te hubieran visto por última vez, la siguiente vez que los demás te volvían a ver, era en tu casa. Así estuvieras de vacaciones en la Conchinchina, allá por el río Mekong, te devolvía a tu habitación y aparecías colgado de una percha o doblado dentro de un cajón de tu armario. Una vez fuera, te sentías cambiado, distinto, como más contento con lo que tenías o dejabas de tener y al mismo tiempo, más preocupado por las necesidades de los demás y dispuesto a hacer lo que estuviera en tu mano para ayudarles.

Y es que aquel era un armario influyente, quizás porque era muy expresivo y contundente con sus abrazos. 

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