La pequeña de los rizos oscuros saltaba de baldosa negra en baldosa negra, para no caer en el lago de las baldosas blancas; además debía evitar que se la comieran los cocodrilos que nadaban en las juntas.
Podía estar horas en su
habitación jugando a ser una saltimbanqui que sobrevivía a los mordiscos de los
reptiles imaginarios porque eso era mejor que escuchar las constantes críticas
de su malvada abuela a la que convirtió en una monstruo mutante de pies de
franela y moño de trapo. Mientras la monstruosa abuela siguiera durmiendo la
siesta en su mecedora, la niña podía seguir con su juego feliz.
Un ruido que provenía de su armario detuvo sus saltos.
La niña evitó las baldosas blancas hasta la puerta de su habitación, se asomó por el hueco, miró a un lado y al otro, cruzó el pasillo saltando y llegó hasta el salón.
La radio estaba encendida. Sonaba una radionovela.
Miró por debajo de las patas del mueble de la radio, que estaba junto a la entrada.
Vio que los pies de franela
de su abuela seguían meciéndolola en sueños… Un estrepitoso ronquido le confirmó
que dormía profundamente.
Animada, la pequeña volvió de baldosa en baldosa a su habitación, fue
directa hasta su armario y lo abrió.
—Aunque desde mi cumpleaños al tuyo hay ciento noventa y siete días, y entre tu nacimiento y el mío hay veintinueve años, tú siempre serás mi doble. ¡Feliz cumpleaños mi amorcita linda!
El aviador llevaba su traje de gala y su espada al cinto, tal y como iba vestido el día de su matrimonio (esa foto, la de él y su madre saliendo de la iglesia, la tenía enmarcada y envuelta en un pañuelo, guardada en el fondo de un cajón donde esperaba que las garras de su abuela no llegaran pues tendría que agacharse mucho para lograrlo).
Pero su padre no estaba en ninguna foto. Estaba de pie, aunque algo encorvado y apretujado dentro del armario. Y le estaba sonriendo.
Sostenía con una
mano una tarta de merengue cubierta de caramelos rellenos de chocolate y velas
de colores. En la otra tenía un regalo envuelto con papel dorado y una cinta
roja. Parecía estar haciendo un gran esfuerzo para que la tarta no ensuciara los vestidos.
La sorpresa para la pequeña de los rizos oscuros no fue recibir su visita.
Él iba a verla a diario a través del armario.
Lo que le
asombró fue que ese día fuera su cumpleaños. Si no hubiese sido por él, no se
habría dado cuenta, como a su abuela no...
—¡Hagamos la fiesta entre los dos!— Le dijo él, como adivinando lo que estaba a punto de pensar. No iba a permitir que ella se pusiera triste, o enfadada, o que se aburriera...
Salió del armario, puso la tarta en una mesita, quitó la cinta del regalo y abrió la caja dorada.
Miles de globos de colores salieron, se elevaron y dispersaron por todo el techo.
También salieron una
docena de payasos, un cuarteto de cuerdas, un pintor de retratos, un trío de
trapecistas, dos marionetas, un carrito de algodón de azúcar y manzanas de
caramelo, otro de helados y un domador de monstruos que hechizó a la abuela
para que fuera buena. Y, entre todos, montaron un circo-fiesta de cumpleaños
que la niña, aún siendo muy mayor, nunca olvidó.
Me encantó, mi linda y mis ojitos se pusieron como los lagos de las baldosas blancas, mirando entre nubes a ese guapo aviador,... Gracias!!
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