miércoles, 14 de diciembre de 2016

196. Vendaval

Caminaba mirando hacia el frente, al pico de la otra montaña en la que estaba el final del cable. Sus pasos eran firmes; sus pies se amoldaban a la forma del acero. Iba concentrada, impertérrita, sin fijarse en el abismo que la rodeaba. Un golpe de viento, uno de esos que son inesperados y traicioneros, podía apartarla de su meta, de su propia vida. No pensaba en ello, tan sólo disfrutaba del momento, de la adrenalina que mantenía en alerta todos sus sentidos. Imaginaba que estaba jugando a hacer equilibrio entre los muebles del salón, o entre las sillas de la cocina, o entre su cama y el armario, tal y como hacía cuando era niña. De pronto, una ráfaga de aire frío la envolvió y la transportó a otra dimensión, a otro mundo.
Sintió vértigo justo antes de abrir los ojos. Vio las montañas, las nubes, el cable, sus pies, el abismo. La caída, aquel último recuerdo, apareció fugaz porque lo olvidó al instante. Y al abrir los ojos por primera vez, estaba en los brazos de una mujer que la miraba amorosamente. Reconoció su voz, la había escuchado durante todo el tiempo que permaneció creciendo en su vientre. 

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