Del laberinto de su vida, nos interesa un momento, aquel en el que aun siendo un crío, sus compañeros del orfanato le encerraron en el sótano, dentro del armario en el que las monjas guardaban las cajas de galletas que vendían para ayudar a mantener la casa-hogar. Desde aquella cruel travesura empezaron a llamarle 'ñucnu', que significa dulce. Esto, lejos de resultarle grato, se convirtió en la gota que día a día incrementó un rencor que supo disimular tras su apodo.
Ese mismo año, justo antes de las fiestas navideñas, el orfanato sufrió un incendio del que ninguno de sus inquilinos pudo escapar. Mejor dicho nadie, excepto Ñucnu, a quien los bomberos encontraron encerrado en el armario de los dulces. La planta baja y el sótano no sufrieron grandes daños. El fuego se había iniciado en la segunda planta y subió hasta arrasar con la tercera.
Los bomberos le preguntaron al niño su nombre y él contestó con su apodo. El lugar donde lo habían encontrado dio consistencia al resto de la leyenda que se construyó en torno a su supervivencia: se había salvado por goloso.
Pero, como podrás imaginar, esto no fue exactamente lo que sucedió...
Los golosos siempre nos libramos de...
ResponderEliminar