Lunes. El comisario de la exposición es un tipo tiquismiquis, resabido y estreñido mental. Sí, ya sé que no debería hablar así de las personas, pero me cuesta pensar en él sin sentir ganas de... Ganas de... ¡No sé! ¡Ganas de decirle cuatro verdades y quitar mis cuadros de las paredes de su galería! Pero eso es algo que no puedo hacer y me tengo que morder la lengua. Así es que se me ocurrió escribirlo todo en mi libreta de bocetos, la de bolsillo, antes de explotarle en la cara.
Martes. Esta mañana me despertó con una llamada. El estreñido mental me despertó con una llamada, nada menos que a las siete y media. Me despertó con su llamada y con sus ladridos. Estaba al borde de la histeria colectiva porque, según sus palabras, una pintora de tres al cuarto acababa de dejarle plantado. Eso, según lo que entendí entre ladrido y ladrido, significaba para ella una muerte dentro del mundillo porque él se iba a encargar de que nadie la llamara para una muestra. Insinuó que no le sería muy difícil enterrarla porque, como era mujer... Además de estreñido mental, misógino. Supongo que querría que le riera la gracia porque se hizo un largo silencio que él mismo rompió exigiéndome que le llevara a otro colega, a alguno que no fuera tan sensible a las críticas, o que, en su defecto, le llevara diez cuadros míos, para tapar el agujero que iba a quedar. Diez. No sé quién sería la chica que dejó colgado al comisario pero, desde luego, soy su admirador. Hizo lo que yo mismo tenía que haber hecho ayer. Ahora tengo curiosidad por saber quién es.
Miércoles. ¡El hombrecillo ese está loco! A ver, se supone que él, como empresario, llegó a un acuerdo con la escuela de arte para dar visibilidad al trabajo de los alumnos, al mismo tiempo que recaudamos fondos para nuestros materiales, que son un pastón. Pues bien, se supone que él, como comisario -y dueño de la galería- tiene la facultad de hacer lo que le de la gana con nuestras pinturas. No, no es así, pero la rabia me lleva por dentro... Vale, lo que él quiera, pero que el afiche de la muestra diga que es una exposición pro-caridad. ¿Pro-caridad? ¡Eso es faltar a la verdad! Si nuestro trabajo no es precisamente caro, tenemos que hacernos un nombre y para empezar... Pero él triplicó el precio de cada cuadro. Así van a pasar de comprarnos y, si lo hicieran, podía haber sido un poco más justo con nosotros. Además de misógino, tiquismiquis, estreñido mental y unas cuantas cosas más, es avaro. Al menos, el amigo al que llamé para ver si quería cubrir la plaza de la chica, me dijo que no. Eso está bien porque no me hubiese gustado meterle en esta historia. Al final tampoco hizo falta ni que llevara a alguien nuevo, ni que llevara un solo cuadro mío... No sé cómo lo arreglaría, pero cuando me acerqué para decirle que no había conseguido a nadie que quisiera participar, el hombrecillo me miró por encima de sus gafas, con cara de no saber de qué diantres le estaba hablando. Al cabo de un momento va y me suelta que no hacía falta, y siguió con sus cosas. Ni las gracias, ni nada.
Jueves. El día anterior a la inauguración. Estoy algo nervioso. El comisario ha cambiado toda la disposición de la sala. Sé que ha hecho algún tipo de encargo a un almacén de ferretería. Vi un albarán en el armario de los documentos, en el que ponía que la entrega del pedido se haría mañana. ¿Que qué hacía hurgando dentro de ese mueble? Quería encontrar el contrato que el hombrecillo hizo con la escuela. A ver si por esa parte de la ecuación también van a sacar tajada a costa de la 'caridad', de hacernos quedar como unos pordioseros que quieren hacerse ricos de la noche a la mañana con un puñado de garabatos. ¿He dicho que el hombrecillo triplicó los precios? Ni siquiera nosotros pusimos los precios, fueron nuestros maestros. Pero entre los maestros y quienes están al mando hay unas cuantas personas. Si aquí hay gato encerrado, no creo que sea por quienes nos enseñan... Mi amigo, al que llamé para que cubriera a la chica, me ha llamado y hemos quedado en vernos.
Viernes. La incursión que hice en el despacho del hombrecillo fue emocionante, pero no tanto como lo que sucedió hoy. A medio día me acerqué a la galería. Quería ofrecerme para echar una mano si hacía falta. Mentira. Tenía impaciencia por saber qué era lo que iban a llevar desde la ferretería. Parecía algo muy grande por el monto... Pero el producto que debían llevar no figuraba más que con un código, así es que me quedé con la curiosidad. Total que a los cinco minutos de haber llegado, entró la policía. Nada de manos arriba ni esas cosas que se ven en las pelis... Un par de compañeros y yo tuvimos que identificarnos y esas cosas, pero no pasó de allí. Registraron nuestros nombres, nuestros documentos, nuestras direcciones y nuestros números de teléfono. Se portaron bastante bien con nosotros, eso tengo que decirlo. Pero al hombrecillo, al dueño, le gritaron sin gritarle. Le hablaron en un tono fuerte, decidido y él, se hizo pequeño hasta que desapareció. Revisaron todo, incluyendo el sótano. No sé en qué nivel del sótano, o si tenía dos sótanos y un almacén, o un almacén y un sótano, o lo que fuera, a ese nivel del detalle no llego. El caso es que allá abajo, el hombrecillo tenía toda una plantación de hierba. La exposición cancelada. La galería cerrada. Nuestros cuadros requisados hasta nueva orden. Nosotros descojonados por la suerte del hombrecillo (la verdad es que no nos importa mucho lo que ha pasado con él porque él nunca fue bueno con nosotros, mucho menos con las pintoras que iban a exponer). Aparte de las risas y del alivio que supone no tener que tratar con él, lo mejor que ha pasado con todo esto es o fue, conocerla a ella. En la escuela se armó todo un revuelo por el modo en que dejó plantado al comisario. Los rumores iban y venían. Decían que la dirección iba a tomar cartas en el asunto, pero nadie sabía a favor de quién lo iban a hacer. Así es que ella estaba muy agobiada y se escapó con un par de amigos a tomar algo. Uno de ellos fue mi amigo, que me llamó para que les diera el alcance. Ella quería saber si estando en la galería me había enterado de alguna cosa. Le conté lo del albarán. Todos pensamos que aquello tenía que ver con la plantación que tenía en el sótano. Nos reímos mucho, imaginando al estreñido intelectual en pleno vuelo alucinógeno. Nos reímos mucho. Y ella me dio su teléfono.
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