En una de esas casas que parece que se están
cayendo a cachos, cuando en realidad están siendo construidas a pedazos, tuvo
lugar un hecho sorprendente, casi tanto como que la casa en cuestión se
mantuviera en pie gracias a una piedra.
En la segunda o tercera planta –este es un
detalle un poco difícil de precisar debido a la singularidad de la construcción–,
en todo caso, en el nivel en el que la casa tenía su primer tejado inclinado,
los dueños tenían el único mueble. Era un armario que
a su vez era una nevera. No se trataba de un ‘todo en uno’, nada de eso. Veréis.
Los propietarios de la vivienda, una pareja de chicos muy simpáticos –uno
abogado y el otro maestro de infantil– encontraron que esa era la mejor manera
de solucionar tres problemas que tenían.
El primero, guardar la ropa, el
calzado y los cascos que usaban durante la construcción; eso lo hacían en la
mitad del armario que tenía una puerta de madera.
El segundo, guardar las
comidas y bebidas en un lugar fresco, así no tenían que bajar cada poco al bar,
ni gastar más de lo debido; eso lo hacían en la mitad del armario que tenía la
puerta de una nevera.
El tercero fue tapar el agujero
que uno de ellos abrió en la pared porque se le ocurrió que allí les vendría
bien una ventana; así es que, para no entrar en la discusión de si quedaba o no
bien la ventana en ese espacio, subieron el mueble y lo adaptaron según las
necesidades ya descritas.
El caso es que una noche, en la que se quedaron
hasta muy tarde colocando el suelo de lo que sería el salón, o el comedor –todavía
no lo habían decidido–, al ir a sacar unas cervezas de la nevera-armario,
encontraron dentro de aquel frío espacio, a un bebé recién nacido.
La primera
reacción que tuvieron fue cogerlo en brazos, abrigarlo, saber si estaba bien y vivo.
El que era maestro lo abrazó, mientras que el abogado sacó del otro lado del
armario sus chaquetas de punto y las térmicas, que estaban mucho más limpias que
aquello que llevaban puesto.
—Pásamelo.
—No puedo, todavía tiene el cordón y no sé,
parece atascado. Tal vez la madre esté en el tejado. Ve a ver. Necesitará
ayuda.
El abogado, mientras subía a la tercera o cuarta
planta, pensaba en que allí, en las condiciones en las que tenían la casa, no podían atreverse a cortarle el cordón a la criatura. Tendrían que llamar a una ambulancia.
¿Por qué estaba la madre del pequeño en el
tejado? ¿Cómo habría llegado hasta allí? ¿Se habría caído de alguna de las
otras casas que estaban construyendo por piezas?
Al llegar a la ventana, sacó
medio cuerpo para ubicar a la madre, pero lo único que vio fue el cordón que se
elevaba por encima de su propia cabeza y llegaba hasta la mismísima luna que le
sonrió y le guiñó un ojo…
Entonces fue cuando empezó a pensar en el papeleo
legal en el que no podría poner a la luna como madre. Ya se le ocurriría algo,
total, tenían una casa que se mantenía en pie gracias a una piedra y todo lo demás
sólo sería cuestión de ir uniendo los pedazos…
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