sábado, 18 de febrero de 2017

262. Cordón al cielo

En una de esas casas que parece que se están cayendo a cachos, cuando en realidad están siendo construidas a pedazos, tuvo lugar un hecho sorprendente, casi tanto como que la casa en cuestión se mantuviera en pie gracias a una piedra.

En la segunda o tercera planta –este es un detalle un poco difícil de precisar debido a la singularidad de la construcción–, en todo caso, en el nivel en el que la casa tenía su primer tejado inclinado, los dueños tenían el único mueble. Era un armario que a su vez era una nevera. No se trataba de un ‘todo en uno’, nada de eso. Veréis. Los propietarios de la vivienda, una pareja de chicos muy simpáticos –uno abogado y el otro maestro de infantil– encontraron que esa era la mejor manera de solucionar tres problemas que tenían. 

El primero, guardar la ropa, el calzado y los cascos que usaban durante la construcción; eso lo hacían en la mitad del armario que tenía una puerta de madera. 

El segundo, guardar las comidas y bebidas en un lugar fresco, así no tenían que bajar cada poco al bar, ni gastar más de lo debido; eso lo hacían en la mitad del armario que tenía la puerta de una nevera. 

El tercero fue tapar el agujero que uno de ellos abrió en la pared porque se le ocurrió que allí les vendría bien una ventana; así es que, para no entrar en la discusión de si quedaba o no bien la ventana en ese espacio, subieron el mueble y lo adaptaron según las necesidades ya descritas.

El caso es que una noche, en la que se quedaron hasta muy tarde colocando el suelo de lo que sería el salón, o el comedor –todavía no lo habían decidido–, al ir a sacar unas cervezas de la nevera-armario, encontraron dentro de aquel frío espacio, a un bebé recién nacido. 

La primera reacción que tuvieron fue cogerlo en brazos, abrigarlo, saber si estaba bien y vivo. El que era maestro lo abrazó, mientras que el abogado sacó del otro lado del armario sus chaquetas de punto y las térmicas, que estaban mucho más limpias que aquello que llevaban puesto.
—Pásamelo.  
—No puedo, todavía tiene el cordón y no sé, parece atascado. Tal vez la madre esté en el tejado. Ve a ver. Necesitará ayuda.

El abogado, mientras subía a la tercera o cuarta planta, pensaba en que allí, en las condiciones en las que tenían la casa, no podían atreverse a cortarle el cordón a la criatura. Tendrían que llamar a una ambulancia. 

¿Por qué estaba la madre del pequeño en el tejado? ¿Cómo habría llegado hasta allí? ¿Se habría caído de alguna de las otras casas que estaban construyendo por piezas? 

Al llegar a la ventana, sacó medio cuerpo para ubicar a la madre, pero lo único que vio fue el cordón que se elevaba por encima de su propia cabeza y llegaba hasta la mismísima luna que le sonrió y le guiñó un ojo…

Entonces fue cuando empezó a pensar en el papeleo legal en el que no podría poner a la luna como madre. Ya se le ocurriría algo, total, tenían una casa que se mantenía en pie gracias a una piedra y todo lo demás sólo sería cuestión de ir uniendo los pedazos…

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