Tomoko estaba en uno de esos viajes de
exploración mística, en los que aprender desde dentro es lo más interesante.
Ella –y su ella misma– tenía tres meses para no tener un rumbo fijo, algo que
esperaba aprovechar al máximo. Estaba en su sexta semana de viaje, cuando se
enamoró perdidamente de una ciudad. El amor le llegó en una mañana calurosa, en
un jardín casi encantado. La fascinación que estaba experimentando le ocasionó
cierta imbecilidad, letargo y obnubilación. Todo esto junto la llevó a bajar la
guardia. Mientras atravesaba una puerta, que tendría la altura de un edificio de
tres o cuatro plantas, imaginó que ella era un insecto, específicamente una
mariposa multicolor que estaba pasando entre las puertas de un armario. En ese momento un
carterista le robó el bolso. Luego de reponerse del tirón y recobrar la
estabilidad, y en otro ataque de sinsentido común, fue tras el ladronzuelo. No
estaba acostumbrada a bajar cuestas corriendo, menos esas que eran empinadas. Tampoco tenía el entrenamiento para correr bajo ese sol de mediodía, o para dejarse
la voz –y el aliento– intentando que alguna persona de entre tantos turistas
fuese un poco solidaria con ella y detuviera al muchacho que se estaba llevando
su pasaporte y sus tarjetas de crédito. La imbecilidad del enamoramiento hacia
esa ciudad mermó tanto sus capacidades intelectuales, que siguió al
muchacho por un callejón y por la puerta que sólo tenía una cortina de tiras de
plástico, de esas que se usan en los pueblos para espantar moscas. Aquella
puerta conducía a un pasillo oscuro y húmedo. El frío que allí había le hizo
sentir que sus piernas eran de porcelana y que se estaban rompiendo. Paró. El cambio
de temperatura le refrescó las ideas y se dio cuenta de que no estaba siendo
prudente. Nada prudente. Sin embargo, su estado de enamoramiento hacia esa
ciudad incluía el callejón y, ¿por qué no? el pasillo oscuro en el que estaba… Su
cuerpo, sus piernas, temblaban. Estaba sola. Trató de escuchar lo que fuera que
le permitiera hacerse una idea de lo que encontraría al otro lado de la luz que
marcaba el final del pasillo, pero no fue capaz de oír nada. Tragó saliva y
siguió adelante, sólo que esta vez lo hizo caminando. Se preguntaba si al otro
lado… Lo que encontró al otro lado la enamoró aún más de aquella ciudad, que en
realidad olvidó en de inmediato, porque. lo que vio, no podía pertenecer a este
mundo. Y fue en ese instante en el que empezó su real viaje de exploración
mística.
Mientras todo esto le ocurría, un par de chicas
que caminaban detrás suyo cuando estaba a punto de salir por la gran puerta y
que la vieron correr como una enloquecida, recogieron su bolso. Lo había dejado
tirado con todas sus cosas. Ambas intentaron encontrarla, devolverle sus
documentos, sus tarjetas de crédito, su cámara de fotos… Usaron la foto de su
pasaporte para parar a cuanta chica les parecía que era ella y les preguntaban –en
castellano, inglés o lo que hiciera falta–: “¿Eres tú Tomoko?”
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