domingo, 19 de febrero de 2017

263. ¿Dónde está Tomoko?

Tomoko estaba en uno de esos viajes de exploración mística, en los que aprender desde dentro es lo más interesante. Ella –y su ella misma– tenía tres meses para no tener un rumbo fijo, algo que esperaba aprovechar al máximo. Estaba en su sexta semana de viaje, cuando se enamoró perdidamente de una ciudad. El amor le llegó en una mañana calurosa, en un jardín casi encantado. La fascinación que estaba experimentando le ocasionó cierta imbecilidad, letargo y obnubilación. Todo esto junto la llevó a bajar la guardia. Mientras atravesaba una puerta, que tendría la altura de un edificio de tres o cuatro plantas, imaginó que ella era un insecto, específicamente una mariposa multicolor que estaba pasando entre las puertas de un armario. En ese momento un carterista le robó el bolso. Luego de reponerse del tirón y recobrar la estabilidad, y en otro ataque de sinsentido común, fue tras el ladronzuelo. No estaba acostumbrada a bajar cuestas corriendo, menos esas que eran empinadas. Tampoco tenía el entrenamiento para correr bajo ese sol de mediodía, o para dejarse la voz –y el aliento– intentando que alguna persona de entre tantos turistas fuese un poco solidaria con ella y detuviera al muchacho que se estaba llevando su pasaporte y sus tarjetas de crédito. La imbecilidad del enamoramiento hacia esa ciudad mermó tanto sus capacidades intelectuales, que siguió al muchacho por un callejón y por la puerta que sólo tenía una cortina de tiras de plástico, de esas que se usan en los pueblos para espantar moscas. Aquella puerta conducía a un pasillo oscuro y húmedo. El frío que allí había le hizo sentir que sus piernas eran de porcelana y que se estaban rompiendo. Paró. El cambio de temperatura le refrescó las ideas y se dio cuenta de que no estaba siendo prudente. Nada prudente. Sin embargo, su estado de enamoramiento hacia esa ciudad incluía el callejón y, ¿por qué no? el pasillo oscuro en el que estaba… Su cuerpo, sus piernas, temblaban. Estaba sola. Trató de escuchar lo que fuera que le permitiera hacerse una idea de lo que encontraría al otro lado de la luz que marcaba el final del pasillo, pero no fue capaz de oír nada. Tragó saliva y siguió adelante, sólo que esta vez lo hizo caminando. Se preguntaba si al otro lado… Lo que encontró al otro lado la enamoró aún más de aquella ciudad, que en realidad olvidó en de inmediato, porque. lo que vio, no podía pertenecer a este mundo. Y fue en ese instante en el que empezó su real viaje de exploración mística. 
Mientras todo esto le ocurría, un par de chicas que caminaban detrás suyo cuando estaba a punto de salir por la gran puerta y que la vieron correr como una enloquecida, recogieron su bolso. Lo había dejado tirado con todas sus cosas. Ambas intentaron encontrarla, devolverle sus documentos, sus tarjetas de crédito, su cámara de fotos… Usaron la foto de su pasaporte para parar a cuanta chica les parecía que era ella y les preguntaban –en castellano, inglés o lo que hiciera falta–: “¿Eres tú Tomoko?” 

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