Marichu Larpia de Tolosa Santos era una dama muy distinguida, muy influyente en la alta sociedad y, sobre todo, muy religiosa. Vivía con sus cuatro hijos, varones, en una residencial que era exclusiva y excluyente. Y es que, aunque era una persona muy activa en su iglesia, su noción de 'prójimo' se limitaba a quienes formaban parte de sus círculos más cercanos. Además, lo de 'hacer el bien', para ella no tenía nada que ver con el altruismo -palabra que, seguramente, desconocía-, sino con procurar ventajas a quienes, a cambio, podían darle algún tipo de compensación. Convencer a los vecinos para que levantaran un muro alrededor de la urbanización fue coser y cantar. Tiró del argumento de la seguridad y de la propiedad privada, y, en un abrir y cerrar de ojos, consiguió que un amigo de su esposo, dueño de una constructora, se hiciera con la obra. Más o menos esa era su falaz forma de llevar todos los asuntos que le interesaban. Ni siquiera sus hijos escaparon a su negociadora influencia, sobre todo en lo que se refirió a sus vidas privadas. Que llegaran a casarse fue, prácticamente, un milagro. Hizo la vista gorda a que sus tres nueras tuvieran toda la intención de continuar con sus profesiones en lugar de quedarse en su casa, que era lo menos que se merecían sus hijos. Y si concedió estos indultos fue únicamente porque las tres procedían de familias que tenían mucho mayor poder económico que el suyo. Pero esto, así como lo que ocurrió con el más pequeño -lo que encontró en su armario, que renegara de él, que lo echara de su casa y de su vida, mucho antes de que él cumpliese la mayoría de edad-, son temas que podrían contarse en otra historia mucho más extensa...
El caso es que a esta señora tan fina, tan pudorosa y creyente como intransigente, le llegó una visita. Una tarde de abril ¿o fue en mayo?, llegó un jovencito a su puerta. Iba descalzo, algo sucio y vestía harapos. Ella, de inmediato, mandó al servicio a que llamaran a los agentes de seguridad de la residencia, por supuesto, después de cerrar la puerta en las narices del muchacho. Él se sintió un poco triste, pero no porque le hubiese tratado de ese modo, sino porque hubiese querido otro destino para la mujer. Había ido a verla para darle la última oportunidad de rectificarse, de ser un poco más humana, y demostrar algo de coherencia entre sus actos y su devoción. Pero ella, como siempre, había dicho la última palabra. Marichu Larpia de Tolosa Santos nunca supo que aquel muchacho era un ángel que fue enviado para llevársela con él, pero dado que ella misma, tan creyente, lo había rechazado, esa misma tarde de abril, o de mayo, la mandaron al infierno.
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