martes, 7 de febrero de 2017

251. El reflejo

Verse a sí mismo era una espera que siempre mataba dando vueltas en su lado inventado, o vacío, o el espacio en el que aparece el reflejo de lo que ha sido reflejado. Eso dependía de a donde le llevara su sí mismo. Si, por ejemplo, su sí mismo corría por el metro para coger un tren, él, que era él mismo, debía correr pero del lado reflejado en los cristales del tren; como no estaba habituado a la velocidad -o a los hechos fortuitos, como alguna maleta, o alguna señora, o alguna señora con maleta, que su sí mismo tuviese que esquivar o que saltar y él tuviese que imitar dicho acto de esquivar o de saltar-, la experiencia siempre le resultaba confusa, inquietante. Si, por el contrario, su sí mismo se afeitaba en el baño, él, que era él mismo, aparecía del otro lado del espejo con su propia brocha, y su maquinilla -una clásica de acero y hojas intercambiables- o su navaja -si era domingo-, y el jabón de afeitar, y la loción para después. Entonces la situación entraba en el terreno de la calma, el apaciguamiento del ritual. 'En el nombre del padre', que es el del abuelo, 'y del hijo', que era su sí mismo, 'y del espíritu no tan santo', que era él, habitante del lado inventado, o vacío, o del espacio en el que aparece el reflejo de lo que ha sido reflejado. Si entre el caos o lo esperado, tenía que volver a esperar para ver a su sí mismo, daba vueltas, muchas y aburridas vueltas. A veces se metía en un armario que tenía en una habitación inventada -su sí mismo no tenía espejos en su habitación, por lo que nunca se veía dormir-. Entonces se ponía un tutú fané, que había rescatado del recuerdo de un armario de su hermana, y le daba por jugar a ser un hado...

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