La arqueóloga e historiadora estaba sentada en
mitad del museo mirando al espacio vacío.
Que de la noche a la mañana hubieran desaparecido todas las colecciones, no le preocupaba en absoluto.
Las
teorías iban desde el robo especializado, hasta la apertura de un portal
dimensional.
No prestaba atención a ninguna de estas explicaciones porque sabía
lo que había sucedido.
Esa mañana, cuando llegó al museo, después de ver que
cada pieza estaba en su sitio, deseó que todo se esfumara y así ocurrió.
Si
permanecía sentada de aquella manera, con los brazos cruzados en su vientre,
como atrapando un dolor de estómago, y con un gesto compungido en el rostro,
era porque estaba asimilando lo que fue capaz de hacer.
Lo hizo para sacudirse el temor que le causó una presencia que, esa noche, esa
madrugada, vio delante de su armario.
Su rostro, su cuerpo, sus alas brillaban
en la oscuridad.
Ella, que estudiaba los mitos religiosos para comprender el
pensamiento de las civilizaciones antiguas pero que se regía única y
exclusivamente por la razón, no supo qué pensar cuando él –porque tenía un
cuerpo masculino, fibroso, aunque por lo que vio de refilón, carecía de
genitales– desplegó sus alas, para envolverse y desvanecerse en una luz.
Él se
lo dijo, que no era un ángel. Pero ella casi ni lo escuchó.
Le dijo algo sobre sus poderes, que había ido a verla para recordárselos, que necesitaba
de su ayuda para algún tipo de guerra en la galaxia a la que pertenecía, que se
fuera acostumbrando a todo esto porque volvería para llevársela.
Pero ella,
durante aquel encuentro, sólo pudo pensar en la luz de las alas de aquel que no
era un ángel.
Y en ese momento, en medio del museo vacío… En realidad estaba
fascinada por saber que su vida estaba a punto de tomar una dirección que no le asustaba
en absoluto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario