miércoles, 8 de febrero de 2017

252. Las coleccionistas de almas

El ilustrísimo letrado llevaba interminables horas intentando defenderse de las acusaciones que los presentes vertían sobre él. Le parecía que lo hacían alegremente y sin fundamentos, que faltaban a la verdad de los hechos y que lo hacían por puro resentimiento, por pura venganza. Los tiempos eran los que eran y ellos, quienes fuesen quienes le estaban increpando desde la penumbra que le rodeaba, debían comprender que él se había limitado a hacer su trabajo, a velar por sus intereses que eran los de la corporación que representaba.
—Te vamos a dar una segunda oportunidad, algo que no hiciste con quienes dejaste en la calle. Te daremos la opción de terminar tu juego con honorabilidad, y eso significa que tendrás que poner todas las cartas sobre la mesa. — La mujer que habló moduló su voz y la hizo un tono más bajo cuando pronunció la palabra honorabilidad, como si se recreara al decirla, como si supiera, de antemano, la respuesta del ilustrísimo letrado.
Él tragó saliva. Miró sus notas, desplegadas sobre la mesa y, entre ellas, dos ases. 
El as de tréboles ponía 'traidor' y en el de diamantes ponía 'mentiroso'. 
Sabía que tenía dos cartas en las mangas, podía sentirlas en su piel, en sus palmas, pero sus brazos estaban cruzados, inmovilizados por la camisa de fuerza que en ese momento supo que llevaba. 
—Creo que acabó tu tiempo. Mi hermana y yo agradecemos tu participación. Te invitamos a acomodar tu esencia en esta, como comprobarás, infinita balda del armario de nuestra colección.  —Dijo triunfante una segunda voz femenina.

Y el ilustrísimo letrado comprendió que ningún argumento serviría para salvar su alma corrupta.

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