miércoles, 1 de febrero de 2017

245. El circo sin animales

En el circo sin animales, los artistas podían desarrollar sus talentos mucho más allá de sus propios límites. Así lo descubrió Morgana durante una convención de circos, cuando todavía era aprendiz de su tío, el gran Merlín, quien tenía un número que duraba unos cuantos minutos y que servía de enlace entre el domador de leones y el de elefantes. 

La idea de no tener que usar animales para ganarse al gran público, resultó atrayente a la aprendiz, todo un reto que quiso superar. Así fue como empezó a idear un espectáculo propio en el que quería combinar la cantidad exacta de elementos como para no resultar recargado o soso. 
Desempolvó los viejos libros de magia de su tío, anotó todas sus ideas, ensayó una, y otra, y otra vez hasta que se sintió lo suficientemente segura como para presentarse a una prueba... Pero la falló.

No desistió de su propósito. Estaba convencida de querer ser parte de, como ella lo entendía, un concepto evolucionado del arte circense. Así es que volvió a estudiar y a practicar. 

No contenta con la rutina que ya tenía, decidió volver su número aún más complejo. Habló con quienes creyó conveniente hablar y escuchó sus opiniones; pidió ayuda cuando la necesitó y, finalmente, volvió a presentarse... Sólo que, ya que había complicado su rutina, pensó en arriesgarse aún más y se presentó al concurso de aspirantes que anualmente se hacía durante la convención de circos.

Empezó, como la mayoría de los números, en el centro de la pista. Hizo una pequeña presentación de trucos clásicos, con cartas, pañuelos, una chistera, unas flores... Pero ninguno funcionó y ella se mostró avergonzada. Con un gesto pidió perdón al público y luego de un breve, aunque muy incómodo, silencio, se quitó la capa para cubrirse con ella. La tela cayó al suelo de arena, mientras que ella se esfumó. 

No había tarima, ni trampillas, ni ningún otro artilugio que los espectadores, todos profesionales del arte del ilusionismo, pudiesen intuir como parte del engaño. Luego de escucharse los '¡oh!' del público -algunos vociferados, otros contenidos y la mayoría alargados-, alguien gritó de entusiasmo cuando Morgana apareció a su lado, cogiéndole del brazo. 

Se trataba de una señora barbuda que, entre risitas, se dejó llevar de buen grado por la joven maga que la condujo hasta el centro de la pista. 

Recogió su capa y cuatro veces más repitió su desaparición y su vuelta a aparecer entre las personas del público que, a esas alturas, esperaban expectantes ser los próximos en ser elegidos. 

A todos les preguntó sus nombres para presentarles ante el público, que se deshacía en aplausos. 

Un payaso gordinflón, una diminuta equilibrista, un gigantón malabarista, y una bella trapecista, completaron el quinteto de personas que necesitaba para su siguiente acto de ilusión. 

Los cinco contestaron, a viva voz, que no la conocían, que nunca antes habían trabajado con ella y que podían jurarlo por lo que fuera. Julieta, así se llamaba la trapecista, le contestó que no la conocía, aunque sí era posible que la hubiese visto en la convención anterior, porque su rostro le resultaba familiar. Morgana le replicó, bromeando, que ‘verse alguna vez’ no implicaba una relación, aunque aquello no lo tuviese del todo claro pues la mayoría de matrimonios que conocía sólo se veían ‘alguna vez’. Después de que unos cuantos terminaran de reír y de que otros terminaran de intentar descifrar la broma, la maga procedió a juntar a los cinco en una sola fila. Les apiñó hasta que estuvieron pegados hombro con hombro —y hombro con pierna, o pierna con hombro, en el caso de los dos que sobrepasaban o no llegaban a la media de estatura—; entonces levantó su capa y les cubrió de arriba hacia abajo. 

En el preciso lugar donde un segundo antes estuvieron, apareció un armario de patas altas en mi cabeza —por lo menos, de unos veinte centímetros de altura—. 

Morgana pasó sus manos, sus pies y sus piernas por debajo. Terminó sentada sobre la arena, saludando a todos los que le aplaudían como unos descosidos. Ya en pie, abrió los primeros botones de su blusa y sacó una cadena de oro, de la que colgaba una llave, también de oro. Con ella abrió las puertas del armario. Los cinco estaban dentro, en sus respectivos sitios, aunque de espaldas al respetable. Se escuchaban sus quejidos por encontrarse apretados entre ellos, y esos quejidos los salpicaban con risitas nerviosas. 

La maga se dio un golpecito en la cabeza, como asumiendo su torpeza, y luego de repetir el mismo gesto de pedir perdón al público que había hecho antes, cerró el armario con llave y lo cubrió de arriba hacia abajo con su capa, sólo que esta vez lo hizo más despacio. Por arriba empezó a aparecer el mismo armario, sólo que se veía más ancho, en comparación con la parte de abajo, a la que todavía no había llegado a cubrir la tela. Al terminar, todos pudieron ver que las patas también se habían ensanchado, sólo que ahora eran seis en lugar de cuatro. Morgana repitió lo de pasar manos, pies y piernas por debajo; mientras, el público repitió, ¡no, no repitió!, dobló su aplauso. Abrió las puertas con la llave y los cinco aparecieron, en el mismo orden, pero esta vez de frente y distintos. 

Los invitó a salir y así lo hicieron. Todos llevaban otro atuendo que, los cinco, no dejaban de mirar. Estaban tan asombrados y tan aturdidos que se habían quedado sin palabras y con las mandíbulas casi desencajadas. Morgana tuvo que pedir silencio a todos los presentes, puesto que no dejaban de murmurar y de aplaudir. 

—¿De quién es la ropa que llevas?

Preguntó uno a uno, y los cinco contestaron que eran vestidos, o trajes, o conjuntos que eran suyos y que los tenían guardados en sus respectivas caravanas, aunque ya no podían decir que eso era así, porque llevaban las prendas puestas. 

Morgana les pidió que hicieran un poco de espacio y ellos retrocedieron. Aplaudió hacia el armario; luego de que todos la imitaran, pasó su capa por encima y el mueble desapareció. Luego se acercó a los cinco y pidió un aplauso para ellos. Uno a uno, antes de despedirles y de dejar que volvieran a sus lugares, les fue preguntando si querían cambiarse o si querían que les dejara tal y como estaban. Tenían que continuar con sus actuaciones en la convención, así es que la respuesta de todos fue igual y ella les hizo lo mismo: pasó su capa por delante, de arriba hacia abajo, y en un abrir y cerrar de ojos volvieron a sus atuendos iniciales.
 
Con este número, Morgana consiguió una plaza en uno de los mejores circos sin animales. 

Casualmente o causalmente, era el mismo en el que trabajaba y vivía una de las personas que participaron en la actuación que la volvió célebre entre los profesionales del arte circense. Así fue como ella mudó su espectáculo de magia, su caravana y su vida junto a la de Julieta. 
Ambas iniciaron una historia en la que no se admitían armarios.

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