En el circo sin animales, los artistas podían
desarrollar sus talentos mucho más allá de sus propios límites. Así lo
descubrió Morgana durante una convención de circos, cuando todavía era aprendiz
de su tío, el gran Merlín, quien tenía un número que duraba unos cuantos
minutos y que servía de enlace entre el domador de leones y el de
elefantes.
La idea de no tener que usar animales para
ganarse al gran público, resultó atrayente a la aprendiz, todo un reto que
quiso superar. Así fue como empezó a idear un espectáculo propio en el que
quería combinar la cantidad exacta de elementos como para no resultar recargado
o soso.
Desempolvó los viejos libros de magia de su tío, anotó todas sus ideas,
ensayó una, y otra, y otra vez hasta que se sintió lo suficientemente segura como
para presentarse a una prueba... Pero la falló.
No desistió de su propósito. Estaba convencida de
querer ser parte de, como ella lo entendía, un concepto evolucionado del arte
circense. Así es que volvió a estudiar y a practicar.
No contenta con la rutina
que ya tenía, decidió volver su número aún más complejo. Habló con quienes
creyó conveniente hablar y escuchó sus opiniones; pidió ayuda cuando la
necesitó y, finalmente, volvió a presentarse... Sólo que, ya que había
complicado su rutina, pensó en arriesgarse aún más y se presentó al concurso de
aspirantes que anualmente se hacía durante la convención de circos.
Empezó, como la mayoría de los números, en el
centro de la pista. Hizo una pequeña presentación de trucos clásicos, con
cartas, pañuelos, una chistera, unas flores... Pero ninguno funcionó y ella se
mostró avergonzada. Con un gesto pidió perdón al público y luego de un breve,
aunque muy incómodo, silencio, se quitó la capa para cubrirse con ella. La tela
cayó al suelo de arena, mientras que ella se esfumó.
No había tarima, ni
trampillas, ni ningún otro artilugio que los espectadores, todos profesionales
del arte del ilusionismo, pudiesen intuir como parte del engaño. Luego de
escucharse los '¡oh!' del público -algunos vociferados, otros contenidos y la
mayoría alargados-, alguien gritó de entusiasmo cuando Morgana apareció a su
lado, cogiéndole del brazo.
Se trataba de una señora barbuda que, entre
risitas, se dejó llevar de buen grado por la joven maga que la condujo hasta el
centro de la pista.
Recogió su capa y cuatro veces más repitió su desaparición
y su vuelta a aparecer entre las personas del público que, a esas alturas,
esperaban expectantes ser los próximos en ser elegidos.
A todos les preguntó
sus nombres para presentarles ante el público, que se deshacía en aplausos.
Un
payaso gordinflón, una diminuta equilibrista, un gigantón malabarista, y una
bella trapecista, completaron el quinteto de personas que necesitaba para su
siguiente acto de ilusión.
Los cinco contestaron, a viva voz, que no la conocían,
que nunca antes habían trabajado con ella y que podían jurarlo por lo que
fuera. Julieta, así se llamaba la trapecista, le contestó que no la conocía,
aunque sí era posible que la hubiese visto en la convención anterior, porque su
rostro le resultaba familiar. Morgana le replicó, bromeando, que ‘verse alguna
vez’ no implicaba una relación, aunque aquello no lo tuviese del todo claro
pues la mayoría de matrimonios que conocía sólo se veían ‘alguna vez’. Después de
que unos cuantos terminaran de reír y de que otros terminaran de intentar descifrar
la broma, la maga procedió a juntar a los cinco en una sola fila. Les apiñó
hasta que estuvieron pegados hombro con hombro —y hombro con pierna, o pierna
con hombro, en el caso de los dos que sobrepasaban o no llegaban a la media de
estatura—; entonces levantó su capa y les cubrió de arriba hacia abajo.
En el preciso lugar donde un segundo antes estuvieron, apareció un armario de patas altas en mi cabeza —por lo menos, de
unos veinte centímetros de altura—.
Morgana pasó sus manos, sus pies y sus
piernas por debajo. Terminó sentada sobre la arena, saludando a todos los que
le aplaudían como unos descosidos. Ya en pie, abrió los primeros botones de su
blusa y sacó una cadena de oro, de la que colgaba una llave, también de oro.
Con ella abrió las puertas del armario. Los cinco estaban dentro, en sus
respectivos sitios, aunque de espaldas al respetable. Se escuchaban sus
quejidos por encontrarse apretados entre ellos, y esos quejidos los salpicaban
con risitas nerviosas.
La maga se dio un golpecito en la cabeza, como asumiendo
su torpeza, y luego de repetir el mismo gesto de pedir perdón al público que
había hecho antes, cerró el armario con llave y lo cubrió de arriba hacia abajo
con su capa, sólo que esta vez lo hizo más despacio. Por arriba empezó a
aparecer el mismo armario, sólo que se veía más ancho, en comparación con la
parte de abajo, a la que todavía no había llegado a cubrir la tela. Al
terminar, todos pudieron ver que las patas también se habían ensanchado, sólo
que ahora eran seis en lugar de cuatro. Morgana repitió lo de pasar manos, pies
y piernas por debajo; mientras, el público repitió, ¡no, no repitió!, dobló su aplauso.
Abrió las puertas con la llave y los cinco aparecieron, en el mismo orden, pero
esta vez de frente y distintos.
Los invitó a salir y así lo hicieron. Todos
llevaban otro atuendo que, los cinco, no dejaban de mirar. Estaban tan
asombrados y tan aturdidos que se habían quedado sin palabras y con las
mandíbulas casi desencajadas. Morgana tuvo que pedir silencio a todos los
presentes, puesto que no dejaban de murmurar y de aplaudir.
—¿De quién es la ropa que llevas?
Preguntó uno a uno, y los cinco contestaron que
eran vestidos, o trajes, o conjuntos que eran suyos y que los tenían guardados
en sus respectivas caravanas, aunque ya no podían decir que eso era así, porque
llevaban las prendas puestas.
Morgana les pidió que hicieran un poco de espacio
y ellos retrocedieron. Aplaudió hacia el armario; luego de que todos la imitaran,
pasó su capa por encima y el mueble desapareció. Luego se acercó a los cinco y
pidió un aplauso para ellos. Uno a uno, antes de despedirles y de dejar que
volvieran a sus lugares, les fue preguntando si querían cambiarse o si querían
que les dejara tal y como estaban. Tenían que continuar con sus actuaciones en
la convención, así es que la respuesta de todos fue igual y ella les hizo lo
mismo: pasó su capa por delante, de arriba hacia abajo, y en un abrir y cerrar
de ojos volvieron a sus atuendos iniciales.
Con este número, Morgana consiguió una plaza en
uno de los mejores circos sin animales.
Casualmente o causalmente, era el mismo
en el que trabajaba y vivía una de las personas que participaron en la
actuación que la volvió célebre entre los profesionales del arte circense. Así fue como ella mudó su espectáculo de magia, su caravana y su vida junto a
la de Julieta.
Ambas iniciaron una historia en la que no se admitían armarios.
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