La idea se escapó del laberinto. Llegó corriendo hasta una callejuela llena de flores y allí se detuvo en seco. No sabía hacia donde debía dirigirse. Era una idea perdida. Entonces vio a una gata que dormía acurrucada en una mecedora, a la puerta de una de las casas. La felina abrió los ojos y le clavó una mirada azul cielo. La idea se quedó un tanto nebulosa. Sintió que estaba perdiéndose a sí misma, cuando la gata se desperezó, bajó de la mecedora y se metió en la casa por la puerta que estaba abierta, como casi todas las puertas de esa calle. Como era una idea perdida que no sabía a donde ir, decidió seguir a la gata. Ella parecía darse cuenta de la compañía porque, de tanto en tanto, se detenía y giraba la mirada, como asegurándose de que la idea la seguía. Condujo a su volátil compañía hasta un armario. La gata se metió dentro y se hizo una rosca. La idea se metió dentro y se acurrucó al lado de la felina. La idea sintió que era compatible con el ronroneo de su acompañante. Se sintió tan a gusto que se durmió.
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