A la pequeña Pantufla le chiflaba jugar dentro de
su armario.
Lo convertía en lo que ella deseaba que fuera: un barco, una
tienda, un avión, una librería, una casa... O lo que su imaginación necesitara.
Todas las tardes, cuando volvía de la escuela,
iba directamente a su habitación para cambiarse el uniforme mientras jugaba a
que estaba en una tienda de moda, o en un puesto de mercadillo, o en una
zapatería... Ella era inmensamente feliz dentro de su armario.
Una tarde de esas en la que volvía contenta
porque le había ido muy bien en algún examen –uno de esos en los que no solía
irle tan bien porque su imaginación la distraía demasiado– encontró una sorpresa
dentro de su armario: una caja muy grande, de plástico transparente que estaba
llena de libros.
Antes de que ella pudiera preguntar, su madre le informó que todos esos
libros eran suyos, aunque de momento no los podría leer, porque eran para mayores.
Pero esa caja no fue la única. Para final de ese mes fueron cuatro o cinco cajas
iguales, que estaban llenas de libros.
Apiladas unas sobre otras le quitaron
espacio y protagonismo no sólo a sus juegos, sino también a sus zapatos, que se
escondieron debajo de la cama, y a su ropa, que terminó hecha un bulto informe
sobre lo que alguna vez fue su sillón de leer.
Las cajas con libros seguían en aumento...
La
pobre Pantufla tuvo que rescatar sus zapatos –que fueron desplazados de debajo
de su cama, al pasillo, en fila, dispuestos para ser llevados al contenedor de
reciclaje–, y esconderlos dentro de una funda de cojín que a su vez escondía
bajo un abrigo.
Su ropa se mimetizó con sus mantas, mientras que su sillón de
leer desapareció debajo de otra pila de cajas de libros.
La multiplicación de los contenedores de cultura
abarcó desde su habitación hasta la puerta de su casa.
Y siempre aparecían con
la misma consigna de su madre: «Estos libros son tuyos, pero sólo los podrás
leer cuando seas mayor. »
Y la pequeña Pantufla empezó a desarrollar un
inquietante y terrenal deseo: hacerse mayor sólo para quemar todos esos libros.
Lo bueno era que estas ideas macabras sólo aparecían cuando le sonaba la tripa por la falta de merienda.
Entonces cerraba
el único –y real libro– que le regaló su amorosa madre, lo metía en su única caja de plástico, junto con sus demás revistas, historietas y libros para
colorear, y salía de su armario rumbo a tomarse una buena taza de chocolate con
bizcocho.
Era en este punto cuando mandaba a su imaginación a esfumarse por
hacerle pensar semejantes barbaridades.
Jamás podría quemar un solo libro.
¡Jamás!
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