—Me temo —dijo el almirante con su voz de cornucopia— que no hace falta ser un erudito, ni un iniciado para comprender la única enseñanza del Armario Supremo: jamás darás un consejo a un conejo que no te lo haya pedido o terminarás perdido en medio del Mar de la Nada... Y así fue como descubrí el Islote del Silencio.
La emperatriz le miró de arriba a abajo.
Luego de un largo, pero oportuno silencio —durant el cual, el resto de la Corte del Escudriñamiento tembló de miedo porque así eran de pelotas chupamedias—, Doña Escrupulosa empezó a aplaudir.
Entonces, el almirante Transportador señaló triunfante unos noventa grados a estribor y levó anclas hacia el horizonte final de los finales... y fin.
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