Se preguntaba si
todo seguiría igual, es decir, lo malo siendo malo y lo bueno –que no era mucho–
seguiría siendo bueno.
Andaba en estas cavilaciones cuando tuvo una
especie de visión, un presentimiento: quienes le esperaban no serían las mismas
personas que dejó, así como ella tampoco era la mismo que se fue.
Demasiadas
distancias.
Aquella idea, aunque parecía triste, le hizo
sentir alivio porque la llevó a pensar en algo más: no estaba obligada a
volver.
Se había ganado el derecho a decidir sobre su futuro y no se veía
compartiendo su vida con quienes, a esas alturas, serían desconocidos.
En ese mismo instante decidió acogerse al
programa de reubicación estelar, que con tal fin se creó la estación
espacial de Alfa–Felicidad.
Los viajeros espaciales no podían –ni
debían– compartir sus existencias con seres de mentalidad bidimensional a los
que la gravedad terrestre les obligaba a llevar a rastras sus afectos.
Así es que, cuando tuvo a punto el transbordador Armario–II, la cosmonauta puso rumbo a la tranquilidad de Alfa–F
Yo también quiero subirme a ese Armario II, y viajar a ese lugar,.....
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