lunes, 27 de febrero de 2017

271. Alfa – F

La cosmonauta imaginaba su retorno a casa mientras ultimaba unos ajustes al transbordador Armario–II. 

Se preguntaba si todo seguiría igual, es decir, lo malo siendo malo y lo bueno –que no era mucho– seguiría siendo bueno.

Andaba en estas cavilaciones cuando tuvo una especie de visión, un presentimiento: quienes le esperaban no serían las mismas personas que dejó, así como ella tampoco era la mismo que se fue. 

Demasiadas distancias.

Aquella idea, aunque parecía triste, le hizo sentir alivio porque la llevó a pensar en algo más: no estaba obligada a volver. 

Se había ganado el derecho a decidir sobre su futuro y no se veía compartiendo su vida con quienes, a esas alturas, serían desconocidos.  

En ese mismo instante decidió acogerse al programa de reubicación estelar, que con tal fin se creó la estación espacial de Alfa–Felicidad. 

Los viajeros espaciales no podían –ni debían– compartir sus existencias con seres de mentalidad bidimensional a los que la gravedad terrestre les obligaba a llevar a rastras sus afectos. 

Así es que, cuando tuvo a punto el transbordador Armario–II, la cosmonauta puso rumbo a la tranquilidad de Alfa–F

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