jueves, 16 de febrero de 2017

260. Un armario importante

El armario, solitario y marginal, permanecía arrinconado en una sección casi olvidada de la mueblería. 

Llegó al almacén como parte de un lote que compraron prácticamente a precio de coste. Su creador, un carpintero amigo de convertir el agua en vino, vendió todo lo que tenía en su taller, que no eran pocos muebles, porque necesitaba liquidez para cubrir sus deudas de juego. Los demás muebles del lote no tardaron en desaparecer, pero no hubo manera de vender aquel armatoste.

Al principio ocupaba un sitio junto a los demás armarios; pero, conforme vendieron estos, llegó otro tipo de muebles. Eran prefabricados y sus diseños y colorido no tenían nada que ver con la hechura artesanal. Aunque esto le costó ser relegado a un inhóspito rincón abarrotado de mesillas de noche que se vendían al saldo, se sabía distinto y se enorgullecía por ello.

Desde siempre tuvo que soportar el desprecio de los demás muebles. “Zambullo”, le decían cada vez que querían insultarle. Aquel, casi apodo, se lo puso uno de los  muebles viejos, de los que estaban en la tienda antes de que él llegara junto al lote. Aquello ocurrió mucho antes de que los dueños cambiaran la mueblería familiar fundada por el abuelo por una franquicia de muebles hechos de conglomerado. Si el abuelo, que había sido carpintero, hubiese visto el trato que su hijo le dio a su amigo de toda la vida, el también carpintero creador del armario, el mismo que acabó sus días entregado a la bebida y al juego... Si el abuelo hubiese visto a los nietos quitando el cartel que él mismo había tallado con su nombre, para montar un cacharro con luces de neón que anunciaba la marca de moda... Si el abuelo hubiese visto todo eso, se habría vuelto a morir.

El apodo, que los demás muebles adoptaron para insultar al armario, sin siquiera saber su significado, no hacía mella en su ánimo. Su altivez  no era cosa de creerse lo que no era. Se trataba, más bien, de orgullo de saber lo que alguna vez había sido. Recordaba el bosque, la enormidad de su diámetro, la vida que le había rodeado, que había sentido en su savia.

Después de su tala, de su muerte, le habían transformado hasta darle otra utilidad, muy distinta, quizás triste, pero suya. No se iba a conformar, quería rodearse de la vida que le gustase más, que llamase más su atención. Por eso, desde que llegó a la tienda, siempre rechazó a los compradores que no parecían tener ambición, ni vida en su interior. Le daba igual permanecer rodeado de aquellos muebles inútiles, sin espíritu, que encontraban divertido burlarse de él porque su precio disminuía cada vez más.

Así es que el día en que unos trabajadores lo embalaron y lo montaron en un camión, le llegó de sorpresa. No atendía a las burlas de las mesillas que le decían que iban a hacer leña de él. Estaba más preocupado en imaginar quién podía haberle comprado, pues en más de tres semanas ningún cliente había pasado por su zona.

Cuando le quitaron el cartón y los plásticos con los que le envolvieron de arriba a abajo, descubrió que estaba en un apartamento humilde y frío. Agradeció que las manos que le liberaron del embalaje le trataran con suavidad, con respeto. Reconoció a su compradora cuando la tuvo delante. La había visto, había estado trabajando en la mueblería. Ella solía ir a su rincón para comer el bocadillo mientras leía un libro. No era como los demás trabajadores que había visto allí. 

Ella era, como él, una marginada. Quizás por eso fue que la despidieron; al menos eso fue lo que escuchó dos semanas antes, las mismas que ella dejó de aparecer por su rincón.

—Te juro que sólo voy a guardar en tu interior, aquello que más me importe. Todo lo que me guste de verdad, lo que me cueste conseguir, te lo entregaré; tú me ayudarás a conservar todo eso como nuevo. Lo demás seguiré amontonándolo por allí, donde sea… Pero aquí dentro sólo habrá lo mejor, prometido.

Y la muchacha, que al cabo de poco tiempo supo que era una artista, cumplió con su promesa. 

Lo convirtió en el guardián de todo aquello que para ella tenía un significado especial; de todo aquello que le hacía levantar la cabeza con orgullo y perseguir su ambición, que no era más que cumplir con sus sueños. 

Lo que ella quería hacer con su vida la llevó a tomar muchas decisiones, a mudarse y a viajar en más de una ocasión, pero nunca, nunca se deshizo de su armario.

Es posible que ambos sigan juntos. 

Ella retirada en su casa del acantilado. 

Y el armario junto al ventanal con vistas por un lado a la entrada del bosque y por el otro al mar.

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