miércoles, 15 de febrero de 2017

259. Canción de juego

Cuando el reloj, marca la una…
La calavera, el esqueleto entero, sale de su tumba.

La pesada losa de mármol se mueve gracias a sus poderes mentales que no están contenidos en su inexistente cerebro, sino que provienen de otro plano. Se trata de una presencia que también habita el panteón familiar.

En vida, aquellos huesos que duermen en la tumba central, fueron de un acaudalado terrateniente, solterón empedernido y presuntuoso del vestir, pues en su armario sólo tenía trajes de lino, sombreros de Pile, zapatos italianos y un reloj de oro de bolsillo. Sí, es cierto que todo eso era lo mejor que podía vestir un hombre de su época, más si se tiene en cuenta que vivía en un pueblo de una selva, alejado de las últimas tendencias en cuestiones de moda que, en todo caso, en aquel lugar debían supeditarse al calor y a la humedad. Su presunción venía de creerse el único tipo del mundo que vestía de aquella impecable manera. Ese era uno de sus principales temas de conversación con las señoritas cuando las empezaba a conocer. Porque aquel solterón empedernido, también era un incorregible mujeriego. 

«Moshaco» solían llamarle sus sirvientes a sus espaldas.

Su calavera, su esqueleto entero, daba vueltas a su tumba mientras su presencia pensaba en estas cosas. De pronto, se detuvo delante de uno de los nichos que rodeaba la tumba central. Fue como si su mirada hueca leyera la lápida durante un momento. Su presencia le mandó sacar de aquella pared a su huésped durmiente, otra calavera con su respectivo esqueleto.

Y tú canta: “Chu…”

Cuando el reloj, marca las dos…
Las calaveras, los esqueletos enteros, vuelven a estar enamorados.

La que acababa de despertar, calavera y su respectivo esqueleto, en vida fue una dama de alta alcurnia. Eso era lo que decían sus títulos de nobleza a los que renunció por seguirle a él, guapo y galante terrateniente, que conoció en un barco, durante un viaje que hacía con sus padres. Sedujo a la familia entera, que cayeron a sus pies. Ellos, una familia noble en decadencia; él, un hombre rico con ambición de conquista. El trato no podía ser mejor para ambas partes… Confiaron en su persona, en su palabra, en su buen vestir –que él, tan presumido como era, supo adecuar al estilo de quienes viajaban en aquel barco, en aquella época–, y en sus honestas intenciones. La dejaron ir a un viaje cercano, a una ciudad en la que él debía cerrar un trato, a condición de ir acompañada por una sirvienta. Ninguna de las dos volvió. Él se enamoró de la dama y de la sirvienta también.

La calavera del acaudalado y la de la dama, desencajaron sus mandíbulas que se habían atascado entre ellas por el beso, algo que les hizo reír. Una vez tranquilos, fueron a despertar a los huesos de la que había sido sirvienta, que dormían en otro de los nichos que rodeaban la tumba.  

Y tú canta: “Ma…”

Cuando el reloj, marca las tres…
Las calaveras y sus esqueletos, se abrazan de alegría al verse otra vez.

Los besos entre las tres calaveras –sí, entre las tres– fueron descarnados. La felicidad de tres ángulos. Dos de ellos se miraban mientras el tercero miraba a otra parte. Ellas nunca se reprocharon nada, ni le reprocharon nada a él. Estaban demasiado ocupadas llorando la lejanía de su tierra y consolándose mutuamente. Hicieron el pacto de no volver, no podían, nadie entendería –ni les perdonarían– lo que allí vivieron. Además la nueva conquista de su amante, no estaba nada mal… Se trataba de una actriz de variedades.  

Terminaron de abrazarse y entre los tres esqueletos fueron a despertar a otro más.

Y tú canta: “La…”

Cuando el reloj, marca las cuatro…
Las calaveras hablan sobre sus recuerdos en el teatro.

Porque fue en el teatro donde él conoció a la joven actriz y fue en el teatro que los cuatro pasaron grandes, divertidos e inolvidables momentos. Por supuesto que aquel teatro no estaba en el caluroso y húmedo pueblo selvático, sino que estaba en una ciudad lo suficientemente lejana como para que nadie les persiguiera con las habladurías. Quienes trabajaban en la hacienda se encargaban de regar algunas historias por el pueblo que, por supuesto, crecían gracias al imaginario colectivo. Pero a ninguno de sus habitantes se le cruzó por la cabeza de dónde saldría la quinta integrante de tan peculiar familia.

Las cuatro calaveras y sus respectivos esqueletos, fueron a despertar a los huesos de la monjita que, cuando la conocieron, vivía en el convento.

Y tú canta: “Ca…”

Cuando el reloj, marca las cinco…
Las calaveras y sus respectivos esqueletos, empiezan a dar brincos.

Y es que la monjita siempre se quejaba de dolor en las rodillas. Eso era por pasar tanto tiempo en el reclinatorio rezando el rosario. Así es que todos los esqueletos saltaban para acompañarla a desentumecerse y, de paso, hacían un poco de ejercicio que, aunque era evidente que no lo necesitaban, no les venía mal, siempre y cuando no perdieran la cabeza en uno de sus saltos.

Las calaveras, la de la monjita descarriada, la de la actriz de variedades, la de la dama y de la que había sido su sirvienta, desencajaban sus mandíbulas cuando el esqueleto del donjuán les hacía una reverencia sacando su calavera como si se tratara de un sombrero que acompañaba al gesto. Sólo así dejaban de saltar y se centraban en sacar de su sueño a los huesos de otra artista, una cantante, que también conocieron en el teatro.

Y tú canta: “Chu…”

Cuando el reloj, marca las seis…
Las calaveras cuentan sus pies.

Porque, de tanto brinco, a alguna se les suele salir y tienen que buscarlos entre el resto de huesos que hay esparcidos por el suelo, sin sarcófagos ni dueños. Se habían acostumbrado a aquella incomodidad. Su casa panteón familiar se había convertido en una fosa común para todos los huesos que eran arrastrados por las inundaciones. En aquel cementerio, cada vez que llovía, se desenterraban los muertos y era allí a donde iban a parar. Solían colarse por la reja que separaba la entrada al panteón familiar, de las escaleras que subían al exterior. En su mayoría eran tibias con pies y antebrazos con manos.

La calavera que había sido cantante, entonó una melodía mientras todas las demás se recomponían. Cuando terminaron fueron a buscar a la séptima calavera, y al esqueleto, que habían pertenecido a la vampira.   

Y tú canta: “Ma…”

Cuando el reloj, marca las siete…
Las calaveras dicen que mienten.

Es que siempre, invariablemente, esa es la hora del pleito. Todas las calaveras, incluida la del seductor, empiezan a reclamarse las unas a las otras por la falta de exactitud en la narración de los recuerdos, algo que tildan de ‘mentira’ y esto las lleva a discutir. Por alguna razón la amante vampira –que así le decían porque tenía un espectáculo, también en el teatro de variedades, en el que bailaba caracterizada como tal– causaba irritación entre ellos. Siempre, invariablemente, sentían la necesidad de despertar a la pacificadora y eso era lo que hacían.  

Y tú canta: “La…”

Cuando el reloj, marca las ocho…
Las calaveras buscan los corchos.

A eso se dedicaba la siguiente integrante de la familia, a sacar corchos, servir vinos y copas. Era la que ponía paz a los ánimos y daba un punto de fiesta a los esqueléticos esqueletos. ¿Dónde la conocieron? Ni ellos mismos lo recordaban. Quizás terminaran alguno de sus pleitos en algún bar y ahí fue donde la encontraron. Desde luego, en aquella época, en aquella selva o en la ciudad donde estaba el teatro, no era nada común encontrar a una mujer a cargo de un bar.
Más tranquilos, esqueletos y calaveras fueron a despertar a la siguiente de la lista, la más indiferente de todas.

Y tú canta: “Ca…”

Cuando el reloj, marca las nueve…
Las calaveras sueñan con la nieve.

Aunque en el panteón nunca encuentran una gota de alcohol, una botella o un corcho para olisquear, a esas alturas empiezan a desvariar, como si estuviesen borrachos de recuerdos. Dicen que el hielo cubre los huesos del suelo y tiritan como si sintieran frío. La impasibilidad de la última amante, la más silenciosa, suele calar hasta llegar al más seco de sus tuétanos. Sienten la necesidad de buscar abrigo, de refugiarse en el amor de la madre de todos. Entonces van a despertar a la madame...

Y tú canta: “Chu…”

Cuando el reloj, marca las diez…
Las calaveras tienen que lidiar con su insensatez.

Cada una, incluyendo a la indiferente, empieza a darse con las falanges en sus frentes. Las calaveras tenían que haber pensado (pero no eran ellas quienes pensaban), tenían que haber recordado (pero no eran ellas quienes recordaban) que la madame, la madre de todos ellos, detestaba que fuera una de las últimas en ser despertada. Reñía desde que sacaban su lápida, hasta que la primera campanada de la siguiente hora empezaba a sonar. Entonces buscaban a la última amante calavera y a su respectivo esqueleto.

Y tú canta: “Ma” 

Cuando el reloj, marca las once…
Las calaveras empiezan a dar voces.

La última integrante de la familia dormía sus huesos en el nicho más alto. Tenían que hacer malabares para llegar hasta él y entre todos montaban un espectáculo casi indecente, más apropiado para el teatro de variedades (si es que algo que en realidad era muy grotesco, podía ser calificado como un acto de entretenimiento). Pero sólo tenían que quitar la lápida, que previamente había removido la presencia que movía a todos. Entonces ella, calavera y su respectivo esqueleto, descendía envuelta en un tul. A ella la encontraron en un circo, o fue ella quien les encontró a ellos. Era la más joven, la última en unirse y la que había enterrado a todos.

Y tú canta: “La” 

Cuando el reloj, marca las doce…
Las calaveras, y sus respectivos esqueletos, se dan las buenas noches.

Entonces, la solitaria presencia deja de jugar a la casita de muñecas. 
Él, conquistador, seductor, moshaco mujeriego, al final se había quedado solo. Mejor dicho, desde el principio hizo lo imposible por estar solo. Ya hubiese querido que algo de lo que inventaba cada aburrida tarde (después de la hora de misa del cementerio, a la que siempre asistía en un intento por encontrar el perdón), que cualquiera de las historias que se contaba a sí mismo (para matar las insoportables horas de soledad después de la misa de mediodía) sobre sus calaveras y sus esqueletos, hubiese sido cierto. Ninguna de ellas, de las mujeres a las que había seducido y luego abandonado, reposaba junto a su tumba. Los nichos de su panteón familiar, en realidad, estaban vacíos. Si tenía esqueletos, o partes de esqueletos con los que jugar, era por las inundaciones que desenterraban a los muertos del cementerio, lo único que era cierto en sus relatos. Esos, los desconocidos, eran su única familia; pero ninguno le mostraba el más mínimo aprecio.

Y cada día siguiente, cuando el reloj marque la una… Tú cantarás: “Chu ma la, ca chu ma la, ca chu-ma-la”.

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